Todo es mentira

Todo es mentira, en efecto. Las relaciones entre hombres y mujeres son una gran mentira. Necesaria, porque hay que reproducirse, y porque en invierno, además, hace mucho frío. Y porque la soledad, para qué vamos a engañarnos, es una cosa muy jodida, que sólo aguantan los espíritus fuertes y desapegados. El superhombre que anunciara Nietzsche, y cuatro supertíos más. Los demás, carne mortal, enfermos románticos, necesitamos del otro sexo -o del mismo, pero ésa no es ahora la cuestión- para sentirnos completos, satisfechos, reconciliados con la vida.



    Pero insisto: todo es mentira. No sé si mi tocayo Fernández Armero, cuando le puso título a su ópera prima, tenía la intención de denunciar este equívoco biológico, este enredo genético que divinizaron los bardos, el amor, o si sus intenciones eran otras: más modestas, si denunciaba que la madurez prometida a los jóvenes era un estado muy zen y muy jodido de alcanzar; o mucho más ambiciosas, si Todo es mentira se refería a la vida en general, paréntesis absurdo entre el nacimiento y la muerte, o peor aún, un sueño de Dios, una modorra del ser celestial que bosteza y se despereza. En Todo es mentira, desde luego, el tema central que trae de cabeza a sus personajes es el amor, o más bien la imposibilidad de mantenerlo, más allá del flechazo primero que altera las hormonas como un big bang de la bioquímica, y del ardor guerrero de los orgasmos, que como un conjuro mágico hace los sueños factibles y cercanos. La pareja de jovenzuelos que conforman Coque Malla y Penélope Cruz es en eso arquetípica: jamás sentirán un amor más sincero que el primero, cuando cruzan la mirada por primera vez y se reconocen interesados y cómplices. A partir de ahí, con las primeras palabras de saludo, con los primeros chistes de coqueteo, empezará el disimulo de las intenciones, la ocultación de los pasados, la reserva de los asuntos clasificados. La cuesta abajo del culo y sin frenos. Porque todo es mentira entre los amantes, impostura, desencuentro. Más allá de los gametos, todo es literatura y cinematógrafo.



    Pero también es cierto que gracias a los poetas, y a los cineastas, que nos han engatusado toda la vida y han creado en nosotros el acto reflejo de la fe, perseveramos en la mentira, en la impostura, en el desencuentro, y en la vida real, como en la película de Armero, podemos alcanzar esta alta sabiduría para convivir con ella y superarla. No voy a decir que alegremente, pero casi. 



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