Miles Ahead

Al terminar de ver Miles Ahead, uno querría no estar aquí, en el salón de casa, sino en un cineclub con aire acondicionado, con muchas personas alrededor carraspeando y comentando, con Don Cheadle presente para responder a nuestra perplejidad: "¿Qué quisiste contar, brother?" Porque mira que hay biografía en Miles Davis para llenar la película, entre auges y caídas, trompetas y quintetos, compañeros de fatigas y pibones de morirse, una vida excesiva y completa que da para un serial, más que para una película, y sin embargo, tío, aunque claves la caracterización y los gestos, en tu afán por hacer algo distinto se te va medio metraje en un episodio inédito de Corrupción en Miami, sólo que el blanco ya no es Crockett, ni el negro Tubbs, que tenían un estilazo de la hostia y unos Ferraris Testarossa que derrapaban, que ahora el negro es Miles Davis desastrado, y el blanco Obi-Wan Kenobi disfrazado, dos tipos puestos de coca hasta las cejas que persiguen una grabación musical muy secreta, con tiros y persecuciones, mamporros y soplamocos, en una opereta que consume minutos y minutos con el único objetivo de explicarnos que Miles, en sus crisis artísticas, en sus apagones creativos, era un sujeto depresivo y bastante maniático. Oído, cocina.



     Si este es el enfoque novedoso, el camino no trillado, el acercamiento imprevisible que los críticos profesionales tanto alababan en sus columnas, prefiero un episodio original de Corrupción en Miami, que allí por lo menos salían unas jatazas de babear, siempre medio en chichas por las playas, zarandeando las cachumbas al ritmo del jazz latino, que no es tan seductor como el que salía de la trompeta mágica de Miles, pero que no deja de ser jazz, qué narices, y a ver jazz se había sentado uno esta tarde después de comer. Con el episodio original de Corrupción en Miami yo podría, además, revivir aquel chiste de mi infancia, que mira que éramos tontos e inocentes los chavales: esperar a que salga sobreimpresionado el nombre de Don Johnson en los títulos de crédito para decir con voz grave de locutor radiofónico, por lo bajini, como si aún hubiera padres o hermanas que pudieran escucharme, aquello de: "Corrupción en Miami, con-Dón Johnson..." El descojone total de la época, entre los chavalillos que contábamos los pelos hueveros con los dedos de una mano. 


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