La ley del mercado

Le tengo mucha estima, y mucha cariño, al tatarabuelo Karl, que allá en su exilio de Londres alumbró la llama que todavía guía al proletariado. O a lo poco que queda de él. Es cierto que ahora las cosas pintan bastos, y que son los ricos los que levantan barricadas para no repartir ni las migajas, pero sin las enseñanzas del tatarabuelo, que durante siglo y medio removieron algunas conciencias, y metieron el miedo en algunos cuerpos, viviríamos una distopía laboral aterradora, no muy diferente de aquella que puso en marcha los primeros humos de la Revolución Industrial.



    Sin embargo, el entrañable tatarabuelo se pasó de soñador, o de entusiasta, en algunas cuestiones, y aunque a uno le joda admitirlo ante las amistades, y mucho más ante los desconocidos, no hay más remedio que rebatirle. El trabajo, por ejemplo, no dignifica al hombre, como él afirmó con toda la buena intención del mundo, para que los obreros se ufanaran y tomaran conciencia de su poder. El trabajo, si no es creativo, si no es fructífero, si no ilumina cada despertar con un estímulo que recorra la espina dorsal, es más bien todo lo contrario: una carga, una obligación, una jodienda cotidiana que poco a poco te va robando el ánimo y la energía. Los años de salud, y los sueños de juventud. El trabajo tiene algo de cárcel, de internado, de campo de prisioneros. Una maldición bíblica que el mismo libro del Génesis explica y advierte.



    El trabajo no otorga la dignidad, pero el desempleo, desde luego, la pone a prueba. Hay parados dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de pagar las deudas y llenar el frigorífico, y parados que se lo piensan dos veces, y anteponen los principios a la necesidad, y en su desamparo, y en su cara de circunstancias, nos dan lecciones de vida que nos sacan los colores. Uno de estos tipos es Thierry, el protagonista de La ley del mercado, que es una película francesa de mucho provecho y mucha reflexión. Mira que lleva hostias, y reveses, y desengaños, el bueno de Thierry, cincuentón bigotudo que busca un empleo bajo las piedras del sistema, y que al final, para su bien económico, y para su mal filosófico, encuentra un trabajo de segurata en un centro comercial, la Babilonia del consumismo, la Meca del pecador, la Tierra Prometida del empresario avaricioso. Este actor llamado Vincent Lindon borda su papel de ejemplo moral, pero también le ayuda mucho ese parecido inquietante que guarda con el Vicente del Bosque de hace unos años, de cuando el marqués entrenaba al Real Madrid y era uno de los pocos hombres justos que vivían en esa Sodoma de empresarios sin escrúpulos, directivos sin criterio, directores generales del sí señor y lo que usted diga y a mandar que para eso estamos. 


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