Julieta

A mí me gustaba mucho el Almodóvar de las primeras películas, con aquellos personajes libérrimos que hablaban con la espontaneidad de las barriadas, con el vocabulario de los suburbios, y aunque sus desventuras, casi siempre sexuales u homosexuales, eran una exageración de folletín o de carnaval, te los creías como a un vecino de toda la vida, como a un colegui del instituto que se hubiera metido en parecidos berenjenales. En los últimos tiempos, sin embargo, con la única excepción de Volver, las películas de Almodóvar son una sucesión de altas damas de nuestro teatro, o de nuestro cine, que se ponen muy intensas para recitar textos literarios que nadie en su sano juicio utilizaría para expresarse. Todas ellas tienen un algo de Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses. Tal vez los relatos de Alice Munro sean cojonudos, conmovedores, pero su efecto literario en boca de las chicas Almodóvar suele ser ridículo, lamentable, como de mal culebrón de la sobremesa, y la película en cuestión se convierte en motivo de burla para los enemigos ancestrales de don Pedro. Otras veces, como en Julieta, esta incongruencia teatral no molesta especialmente, quizá porque las actrices se curran el esperpento, y salen airosas del compromiso, pero el efecto dramático se pierde por completo, y el drama que tenía que conmovernos y arrancarnos la lágrima se queda en la piel sin traspasarla, como si los personajes nos lanzaran miguitas de pan, y no flechas puntiagudas, ni lanzas oxidadas. Sólo la canción final de Chavela Vargas suena auténtica y sincera, y redime, en parte, la decepción repetida de los noventa minutos anteriores.



    Y eso que uno venía receptivo a la función, y predispuesto a la empatía, porque Julieta, en su sinopsis, es el drama inconsolable de una mujer que ha perdido a su hija adolescente, no físicamente, ni moralmente, pero sí diplomáticamente, porque la tal Antía, con diecisiete años, y a punto de entrar en la universidad, ha decidido elegir su propio camino en la vida y abandonar la autopista que su madre amorosa le había construido. No son casos comparables, los de la Antía ficticia y el retoño verdadero, porque Antía Feijóo -que ya tiene un nombre imposible- es otro personaje excesivo de Pedro Almodóvar que se mete en sectas y se esconde en Suiza y guarda silencios indecentes de doce años seguidos. Pero a los efectos, a los diecisiete años, lo mismo en los relatos de la Munro que en la vida de provincias, todos los vástagos rumian ya la distancia y el desapego. Es el ciclo de la vida, que aprendimos en El Rey León, fuente de altísimas sabidurías, y ante los hechos consumados sólo nos queda la resignación, y el sentido del humor, que Almodóvar parece haber perdido por completo en aras de la trascendencia. Una pena, porque de cachondo sexual, y de cachondo humorístico, no tenía precio.



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