High-Rise

Los ricos fetén jamás han convivido con un pobre más allá del tiempo necesario para cruzar un semáforo, o hacer cola donde el DNI. O, en el caso de un político del PP, para pedir el voto con la sonrisa ensayada y luego ir corriendo a lavarse las manos, contaminadas de tanto estrechar. El contacto de esta gente con las clases inferiores es inusual, esporádico, y aunque son situaciones que les causan mucho asco y mucho estrés, pronto regresan al refugio seguro de sus viviendas, o de sus lugares de esparcimiento. Los ricos de antes preferían poner tierra de por miedo refugiándose en urbanizaciones del extrarradio, a ras de tierra, protegidas por muros y setos, seguratas y perros.  Ahora, sin embargo, por esas cosas de la moda inmobiliaria, y de los augurios de los arquitectos, que prevén un futuro de rascacielos atravesando las nubes, más que de chalets arrasando los vergeles, los nuevos pijos prefieren huir de los pobres ascendiendo a los cielos, para estar más cerca de su dios benefactor, y asomarse de vez en cuando al balcón para tomar la perspectiva real de las cosas, como halcones oteando a sus ratoncillos.



    En High-Rise -que es una película infumable, incomprensible, tarada y epiléptica- unos burgueses que supongo británicos de los años 70  se van a vivir al High-Rise, que es un rascacielos de última generación construido en medio de la nada, como esos megaedificios que construyen los jeques en sus emiratos. Si no fuera porque de vez en cuando tienen que salir a supervisar sus granjas de obreros, los ricos del High-Rise podrían hacer allí toda su vida, desde comprar en  el economato a darse un chapuzón en la piscina climatizada, pasando por el burdel de bellas señoritas o por la planta habilitada para pistas de pádel, que es un deporte muy de su clase social. Los inquilinos de High-Rise, sin embargo, no están nada contentos con su vivienda, porque los promotores, el día de firmar las escrituras, les aseguraron que los pobres que vivían en los pisos inferiores -un capricho social y ecuménico del dueño y diseñador- no iban a dar mucho la barrila. Pero los pobres huelen, molestan, hacen ruido, invaden los espacios comunes, y al final son ubicuos como las hormigas, o como las cucarachas. La ley, por culpa de la democracia, no permite usar insecticidas ni venenos en estos casos, así que la tensión se eleva, las amenazas se recrudecen, y al final el rascacielos estallará en una guerra vecinicida que hubiera dado mucho juego social, y hasta mucho análisis marxista, de haber sido una película razonada y coherente, y no este chute mental que, lo confieso, he seguido al final más pendiente ya de los Juegos Olímpicos que de otra cosa. 



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