Capote

De niño, sin haberla leído siquiera, me atraía irresistiblemente A sangre fría, la novela de Truman Capote. Estuvo delante de mí durante años, justo encima del televisor en blanco y negro donde yo veía Los Payasos de la Tele y Mazinger Z, el Estudio Estadio de los lunes y el Un dos tres de los viernes. El libro era una edición muy cuidada del Círculo de Lectores, con tapa dura y ribetes dorados en el lomo. Visto así, de canto, A sangre fría sólo era un título más entre los otros muchos de aquel hogar tan humilde y tan leído, aunque había algo perturbador en aquellas palabras, sangre y fría, casi un oxímoron de siniestras contradicciones. Era la portada del libro -con dos ojos que lloraban como lágrimas negras hacia arriba, o como sangre coagulada- lo que me estremecía cada vez que sopesaba el tomo para leerlo, o para discernirlo, y volvía a dejarlo en la estantería. No conocía por entonces a su afamado autor, Truman Capote, que también tenía algo contradictorio en el nombre, como de inglés y de torero al mismo tiempo. Quién sería aquel tipo, me preguntaba yo, del que tantas alabanzas se escribían en la solapa, y qué demonios querrían expresar aquellos dos ojos sanguinolentos del dibujo, como de muerto recién asesinado, o de diosa vengativa.




     Una tarde de verano, o de vacaciones de Navidad, vencí el miedo y empecé a leer A sangre fría. Creo que nunca he leído algo tan gélido y emotivo al mismo tiempo. La prosa exacta, milimétrica, que narra unos acontecimientos tan terribles y violentos.  No sólo el asesinato de la familia Clutter fue perpetrado a sangre fría: la misma novela estaba escrita así, gélida y candente a la vez, como si Capote narrara unos hechos acaecidos hace mucho tiempo, o muy lejanos en el espacio, y él no hubiera estado efectivamente allí, al pie del cañón, en el mismísimo Holcomb, mangoneando voluntades y engrasando maquinarias judiciales. Muchos años después, frente a la pantalla de cine donde ponían Capote, el cinéfilo Álvaro Rodríguez habría de recordar aquella tarde remota en que su padre le puso A sangre fría en las manos y le dijo: te va a encantar. Veinte años tuvieron que pasar para conocer, al fin, los entresijos de aquel libro que de vez en cuando aparecía en mis pesadillas: de niño iletrado, aquellos ojos de tristeza infinita que reclamaban ayuda o venganza; de adolescente leído, el fantasma sin rostro -porque se lo habían volado en el disparo- de Kenyon Clutter, el chaval de quince años asesinado en la granja. Gracias a la descripción de Truman Capote, yo intuí en aquel chaval a un espíritu cercano, un chico más con cara de panoli y gafas de apocamiento. Un semejante en el infortunio adolescente que tuvo la mala pata de vivir en la granja equivocada, en el pueblo equivocado, y que ahora se pasaba de vez en cuando por mi sueño para preguntarme por las cosas de la vida, que él se venía perdiendo desde 1959. Como un día me pregunte por los campeones del béisbol, va dado, el gachó, pensaba yo, y ahí el miedo se me convertía en compasión, y Kenyon y yo entrábamos en animada y amistosa charla que luego, al despertar, yo nunca conseguía recobrar. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com