En el valle de Elah

En el valle de Elah fue una película de mucho éxito entre el rojerío ibérico, en el cual orgullosamente me incluyo. Lo fue, al menos, durante las primeras semanas en taquilla, porque veníamos los electores muy escarmentados de la guerra de Irak, y los geniecillos del marketing nos vendieron que aquí se criticaba mucho el conflicto bélico, y que los imperialistas salían muy escaldados con el mensaje. En el tráiler de la película, astutamente montado, se veía a Tommy Lee Jones izando una bandera americana del revés, en un plan que presumíamos de cabreo y de protesta, y se intercalaban, además, imágenes de un humvee haciendo de las suyas en los desiertos iraquíes, guiado por un grupo de soldados medio tarados y medio imberbes que parecían recién salidos de una discoteca. Y por si no nos habían seducido bastante las promesas de antiamericanismo, de exaltación civilizada de nuestra indignación, en el tráiler también aparecía Charlize Theron haciendo de detective, o de investigadora, tan desmaquillada y tan mujer del montón que nuestro deseo por ella se multiplicaba por dos, o por cien, porque Charlize, así al natural, sin aditamentos de diva ni afeites de modelo, es todavía más hermosa, más resplandeciente, y si ella, en justa aspiración, pretende que con estos papeles nos centremos en su talento de actriz, y nos olvidemos, momentáneamente, de su origen divino, ella, la pobre -y mira que se lo curra, y que es buena en su oficio- no termina de engatusarnos. Somos muy duros de pelar, los homínidos del kit básico.



    Pero ya digo que el hechizo de En el valle de Elah sólo duró unas semanas, hasta que se corrió la voz de que allí nadie se metía con Bush, ni criticaba la invasión, ni usaba la foto de las Azores para echarse una partida de dardos. Al contrario: el personaje de Tommy Lee Jones es una roca de la democracia, un titán del imperialismo, un coloso de la hamburguesa, y ni la muerte de su hijo puede convencerlo de lo contrario. Más bien le reafirma, y le rejuvenece, y si no fuera porque ya no está para muchos trotes espermáticos, enterraría al hijo con honores y al día siguiente se pondría a engendrar otro para ofrecérselo al ejército, como haría Abraham con su segundo hijo si Yahvé se lo pidiera. Lo teníamos crudo, los rojos ibéricos, con este fulano imperturbable. Lo que reclamaba su personaje al darle la vuelta a la bandera -que nosotros habíamos tomado casi por un ritual satánico de comunista- era más marcha, más América, más convicción.  Cuando  abandonamos las salas de cine donde se proyectaba en El valle de Elah, los de Nuevas Generaciones del PP, con sus novias rubísimas, y sus jerséis atados al cuello, tomaron el relevo de nuestros culos.



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