Drive

Al final va a resultar que es verdad, que esta medicación que estoy tomando para el asunto digestivo -la avanzadilla pastillera de la edad provecta- también afecta al rendimiento neuronal, por esos designios insondables de la bioquímica. Me lo habían advertido, los amigos, en esas conversaciones que ya exploran el tenebroso mundo de la decadencia, pero yo no quería creerlos, porque ellos lo habían leído en las revistas, o lo habían escuchado en las radios, y por cada médico que dice que sí hay otro que dice no, en otro medio de comunicación de idéntica raigambre.



    En la vida real siempre me he comportado como un auténtico imbécil, y es muy normal, con medicaciones o sin ellas, que los recuerdos se me enreden, y las caras se me nublen, y los argumentos acaben olvidados casi al instante, a veces porque provienen de personas estúpidas, y olvidarlos es su justo destino, pero otras veces, aunque son interesantes, porque yo estoy más pendiente de estar pendiente que de otra cosa, para no meter la gamba en el turno de réplica. Luego, en la soledad de mi retiro, delante de las películas, soy un hacha del dato exacto, de la memoria fidedigna, del argumento que regresa años después como recién visto. O así era yo, más bien, antes del mandato médico, porque llevo semanas advirtiendo fallos en el sistema, erratas en el flujo de datos. Como un HAL 9000 de cuatro ojos que empezara a descacharrarse por dentro. Hasta que hoy, en el síntoma irrefutable, me he topado en los canales de pago con Drive, la película de Nicolas Winding Refn, y queriendo retomarla para refrescar las sensaciones, he descubierto, horripilado, que no había sensaciones que refrescar, que se habían esfumado como un sueño después de los pocos años transcurridos. Que no había Drive en mi cabeza, sólo un título,  y un tío muy chulo con gafas de sol, y unos coches quemando goma en las calles de Los Ángeles. Apenas tres volutas de humo, que revoloteaban sobre las cenizas informes. Lo bueno de mi cráter memorístico es que he visto Drive como si fuera la primera vez, virgen de sus seducciones, y el gozo del cinéfilo se ha impuesto durante hora y media al susto del enfermo. No hay mal que por bien no venga. 



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