Calle Cloverfield 10

Calle Cloverfield 10 es de esas películas que son como las momias recién descubiertas, o como los pétalos de rosa, que los tocas con un simple roce, o los soplas con un leve susurro, y se deshacen en polvo, o se desprenden arruinando la flor. Hay películas que sólo por hablar de ellas, aunque uno intercale subterfugios y silencios, y se tome cien molestias educadísimas en no desvelar sus argumentos, ya nacen con menos valor para el espectador primerizo, que acude coscado, y advertido, con la mosca cojonera del bloguero todavía zumbándole en la oreja.



    El mero hecho de estar soltando este circunloquio ya debería de hacer pensar, a los lectores más avispados, que en Calle Cloverfield 10 hay gato encerrado, y que la chica secuestrada en el sótano sólo es el principio de una película de giros, de contragiros, de sustancias alucinógenas, y alienígenas también, que a veces parece que los guionistas se olvidaron de no escribir cuando se relajaron para el fumeque, o para la francachela, y algún amanuense hiperactivo introdujo en el guión, entre risotadas y exclamaciones,  los desvaríos y las ocurrencias. En fin. Cosas de americanos, y de americanos jóvenes además, que se juntan en una habitación con tres sillas, una mesa y un minibásket de juguete para matar el gusanillo, y son capaces de crear películas como Calle Cloverfield 10, que juegan con los géneros, que hacen travesuras, que te mantienen mitad entretenido y mitad engañado, como si fueras un gatito en manos del humano superior.



    Así las cosas, como nada de la película debe ser desvelado, déjenme que me quede atrapado, y silenciado, y enamorado una vez más, en los ojazos de Mary Elizabeth Winstead, que los llevo clavados desde que Ramona Flowers jugara al amor en Scott Pilgrim contra el mundo. Ningún mal puedo hacerle a nadie si me quedo aquí, amordazado, y medio lelo, y en lugar de soltar petulancias de cinéfilo, y zarandajas de bloguero, improviso poesías tontas de adolescente, con florecillas y pajaruelos, que iba a estar yo aquí, pasando la calor, al lado de este ordenador que en verano es como un microondas, si una Mary Elizabeth Winstead de la vida me estuviera esperando en la piscina para darnos el chapuzón.



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