Todos a la cárcel

"Váyase, señor González" fue el sonsonete más famoso del año 1993, por encima de las gracias televisivas de Martes y Trece. Lo repetía a todas horas, en los mítines y en los debates, un señor bajito con cara de mala hostia que tenía voz nasal y labio superior inmóvil. En su loca juventud había sido falangista, pero ahora se presentaba ante el electorado como un ultracentrista decente. Este tipo decía vivir en el punto exacto donde se cruza el meridiano que separa izquierda y derecha con el ecuador que resguarda a los ricos de los pobres. Muchos supimos al instante que este señor mentía; otros tuvieron que concederle dos elecciones consecutivas y una hazaña bélica en Oriente para comprender que el centro le quedaba muy lejos a este fulano. Como de Valladolid a Bagdad, más o menos.



    Pero caló, el váyase señor González, porque el tal González, ex socialista y ex obrero como cantaba Javier Krahe, comandaba una legión de chorizos que habían aprovechado los fastos olímpicos y los gastos expouniversales para comprarse un chalecito, y un yatecito, y un piso para la querida, y un máster en EEUU para el hijo más tonto de la camada. González, sin embargo, que aún tenía tirón entre los nostálgicos y entre las amas de casa,  aguantó los ataques de quienes luego nos robarían con las dos manos y con los dos pies y ganó por los pelos, por dos canas de sus sienes plateadas, las elecciones de aquel verano. Mientras tanto, en la calle, agotada ya la gracia del váyase señor González, hacía furor un slogan que bien podrían haber utilizado los antisistema de entonces, si se hubieran organizado como Dios manda: "Todos a la cárcel". Y Berlanga, que de películas sabía mucho, y de sociología hispana todavía más, se apropió del grito para ponerlo en el título de su nueva película. Un sainete de corruptos y aprovechados que se dan cita en la cárcel de Valencia para recordar los viejos tiempos del antifranquismo, y celebrar, de paso, los nuevos tiempos del latrocinio bendecido por la democracia. Porque ellos no habían luchado contra Franco para defender los ideales, ni para traernos la libertad, sino para coger sitio en la cola de los que trapicheaban, porque en aquel régimen cerrado siempre robaban los mismos, y no le cedían el turno a nadie que no tuviera credenciales.




    Todos a la cárcel es una película de Berlanga sin Azcona. Es un entretenimiento solvente, pero le falta acidez, y le sobran pedos. Podría haber sido el pitón tauromáquico que ensartara en sangre toda una época,  pero se quedó en una comedia afeitada de risas y sonrisas. Pero tiene paridas, y golpes, y ocurrencias, y uno, que es español por la gracia de Dios, y por la desgracia del nacimiento, se reconoce en este choriceo, en esta chapuza, en este tráfico de influencias permanente, porque es lo nuestro, lo patrio, lo imperecedero, y uno también forma parte de este sainete lamentable. Aunque sólo sea como espectador. 



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