Moros y cristianos

Todas las películas de Azcona y Berlanga son esencialmente la misma: el personaje principal desea conseguir algo y a su alrededor se confabulan los hados, o los estúpidos, para poner la zancadilla y agarrar de la camiseta. La vida misma. Algunos, como Plácido con su motocarro, o Canivell con sus porteros automáticos, alcanzarán su objetivo a costa de volverse casi locos, y dejarse sudores en el empeño. Otros, como el pobre verdugo que no deseaba ejercer, o el malhadado José Luis Vázquez que no quería casarse, fracasarán en su lucha y vivirán existencias muy tristes más allá del rótulo final. Los turroneros de Moros y Cristianos se quedan un limbo difícil de definir, porque al final logran promocionar sus productos en la villa y corte de Madrid, pero por el camino se dejan un muerto, y la dignidad de los apellidos, Planchadell y Calabuig, que son sustituidos en los cartelones por una familia anglosajona muy alejada de Jijona.



    Victoriosos o fracasados, humillados o dignísimos, alrededor de los personajes azconaberlanguianos pulula una nube de moscas cojoneras que jamás aportan nada y siempre están molestando con su martingalas. Son los amigos, los familiares, los extraños, que jamás escuchan a nadie y sólo esperan turno para colocar su rollo, su obsesión, su aspiración más o menos legítima. Las películas de Azcona y Berlanga son básicamente un estudio sobre la incomunicación humana. Cuando me sumerjo en sus tramas no noto la fractura entre la realidad y la ficción. Cambia el contexto, y la  época, pero la fauna es exactamente la misma que me encuentro a diario en el trabajo o en el ocio. Un ejército de incapaces, de pesados, de neuróticos, de egoístas, de pendencieros, de tarados. Gentes que parecen puestas por el ayuntamiento sólo para joderte la vida y sulfurarte la sangre. Qué poca gente razonable, solícita, funcional, resolutiva, se encuentra uno por la vida. Dijo una vez el crítico de cine que para juzgar una película sólo existía un criterio: creértela o no. Y yo me creo Moros y cristianos a pies juntillas, con sus peseteros y sus liantes, sus imbéciles y sus salidos, sus mendrugos y sus aprovechados. La gente piensa que Azcona y Berlanga hacían sátira y comedia exagerada, cuando ellos, en realidad, siempre confesaron ser dos documentalistas que ponían en imágenes las cosas que ellos mismos veían por la vida, o que les contaban sus conocidos, al calor del bar o del restaurante. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com