Gran Torino

En este pueblo recóndito del Noroeste tengo un vecino que se gasta un aire al Walt Kowalski de Gran Torino. Si en la película de Clint Eastwood son las familias chinas las que invaden el arrabal de Detroit y dejan a los americanos fetén en minoría, aquí, en la pedanía de Ponferrada, son las familias jóvenes las que poco a poco han ido comprando las propiedades y arrinconando a los cuatro viejos de toda la vida, que todavía aguantan el tirón con sus boinas y sus partidas de dominó.
    Mi vecino, cuyos antepasados llegaron a estas tierras en un carro de bueyes tan grande como el Mayflower, también se sienta a la puerta de casa para ver pasar a los extraños con gesto hosco y mirada torcida. A diferencia de Walt Kowalski, mi vecino Anselmo -vamos a llamarlo así- no trasiega latas de cerveza, sino vasos de vino casero que él mismo produce de sus viñas. Tampoco tiene un perro a su lado que ladre a los vecinos al unísono, porque él siempre ha pensado que los perros tienen que estar en el patio, atados con una cadena, y comiendo mendrugos de pan. Es por eso que los que tenemos perrete, o perrazo, y desfilamos por delante de su casa paseándolos con una correa, somos para Anselmo como un anatema, gentes extrañas que vinieron de la ciudad a traer costumbres de maricones.



    Mi vecino, por supuesto, no tiene un Gran Torino guardado en el garaje. Lo suyo es un tractor John Deere color verde que hace las delicias de los niños. Se quedan alelados, ante ese monstruo mecánico que es el primo de Zumosol de sus juguetes. Sé de alguno que aprovechando un despiste ha terminado subiéndose al bicharraco para jugar al granjero con posesiones, y ha sido cazado in fraganti por Anselmo que regresaba de la ausencia. Si Walt Kowalski amenaza con su fusil a todo el que pisotea su jardín, Anselmo tiene una vara de avellano que es el terror atávico de cualquier chaval. Si la realidad fuera igual de caprichosa que en Gran Torino, algún año de estos, Anselmo, en su testamento, legaría el tractor a uno de estos críos que tantas trastadas le hacen, hijos de los pijos capitalinos que vinieron a cambiar el pueblo y a convertirlo en un barrio periférico, que es un concepto decadente, de segunda división. 



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