Diario de Smoking Room

Encuentro, en la feria del libro usado y manoseado, "Todo por un largo. Diario de Smoking Room", que es el relato de Roger Gual sobre la concepción, rodaje y posterior aventura promocional de esta película que ya es un obra de culto. Al menos en mi templo. Roger Gual y Julio Wallovits eran dos publicistas muy reconocidos en lo suyo que decidieron rodar su primer largometraje contra el viento y marea de los escasos apoyos, y de las exiguas subvenciones. Smoking Room era la trágica historia de unos ejecutivos en plena crisis de los cuarenta que tienen que aguantar, además, la crisis económica de su propia empresa, y la humillación, diaria, de tener que fumarse el cigarrillo en plena la calle, al capricho de los fríos y de los vientos. Smoking Room es una obra maestra del diálogo ácido, de la mirada asesina, del egoísmo atávico que atenaza a los seres humanos cuando su puesto de trabajo corre peligro y se olvidan del buen rollo acumulado durante años al lado de la cafetera.



    En el "Diario de Smoking Room", Roger Gual no se muerde la lengua, y lanza sus dardos siempre que lo estima conveniente. Es como si su prestigio en el campo de la publicidad, al que puede retornar en cualquier momento para ganarse la vida, le dejara libre las alas y el verbo. Cuando un actor no les apoya, un hacendado no les financia o un crítico no les entiende el planteamiento, Gual no duda en expresar su opinión crítica y malévola. Es un libro muy divertido, su diario, y muy instructivo para los que apenas sabemos nada de las bambalinas, de la trastienda de las películas. Si uno fuera un crítico profesional, bien pagado y bien viajado por los festivales, se preocuparía mucho más de estas entretelas. Pero condenado ya, a mi edad, a ser un mero espectador de los productos, prefiero dejarme engañar como un niño ante el truco de magia, y no saber nada de los secretos escondidos en la manga.



    Escribe Roger Gual planteamientos tan interesantes como éste:

    "Nuestro proceso de ensayos está siendo el dejar a los actores crear el personaje como ellos piensen que sea mejor, y la única manera de hacerlo es dejando que sean el personaje y que se muevan como él: que improvisen y que hablen como él, aunque no esté en el guión.  [...] A ver si podemos acabar de una vez con esta idea de ficción que está establecida en el cine español y que yo nunca me he creído, el problema es que me aparta de la historia porque no me creo que los actores sean los personajes, sino que veo constantemente a un actor verbalizando un texto que se sabe de memoria".

    Humoradas tan caústicas como éstas:

    "Gracias Fernández-Santos [crítico de El País], de verdad pensaba que no te iba a gustar la película. Ahora sólo nos falta conocerlo. Y que de paso nos diga personalmente qué significa todo lo que ha escrito".

    "A mí me habían dicho que estaría Ruiz Gallardón esperando en la puerta para recibirnos [en los Premios Goya]... Pues no está. Estará quitando chapapote en las playas de Galicia... Vaya. Y yo que había ido a mear y no me había lavado las manos adrede para dársela a tan ilustre personaje".

    Y también, por qué no decirlo, alguna tontería impropia de un hombre con tan buen gusto. Como este "desprecio" a la belleza de Leonor Watling, a la que por hacer un cumplido quiere bajar a la tierra cuando ella realmente no mora entre nosotros, sino que desciende, de vez en cuando.

    "Por la noche en el preestreno he conocido a Jorge Sanz, a Leonor Watling y a gente de la profesión. Son todos como tú y como yo, el Sanz mide un metro y medio y es un tío que no para de hablar y reírse, muy abierto. Y la otra es una chica normal que podría salir de cualquier aula universitaria con una carpeta entre los brazos y ni la mirarías cuando te pasase por al lado". 



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