Ausencia de malicia

Pues a mí me pone, Sally Field, en Ausencia de malicia, con sus mofletes sanísimos, su escote pecoso, su aire de monja exclaustrada que trabaja de reportera para el Miami Standard. Me gusta mucho, además, la Sally Field actriz, cuando se hace la lista al ser la primera en oler la noticia, y cuando se hace la tonta, al ser regañada por meterse donde no debía. Me la creo a pies juntillas, y hasta me excita un poquitín, cuando se sonroja, y balbucea, y derrama los cafés sobre la mesa al aparecer Paul Newman en escena llenándolo todo de feromonas, y de ondas gravitacionales. O a lo mejor no fingía, quién sabe, la buena de Sally, la enamorada de Sally, y el tembleque de las piernas, y las palpitaciones del corazón, le salían de natural, no como actriz consumada, sino como mujer patidifusa.



    Digo esto sobre Sally Field -como un caballero medieval que combatiera lanza en ristre por su honor- porque me remonto a las críticas de la época y descubro que todos la tomaron por poca mujer, en lo sexual, cuando se enfrentaba a ese torbellino irresistible que era Paul Newman entrecano, y por poca actriz, en lo profesional, cuando le sostenía el jeto inmarcesible y las miradas insondables, que el gran rubiales clavaba como nadie. Pero yo no estoy de acuerdo, en la apreciación, y soy de los pocos que al parecer me trago esa relación ficticia, esa admiración tortuosa que se prodigan los dos personajes, y transcurro por Ausencia de malicia encantado de la película, y muy entretenido con sus enredos políticos y sus despropósitos periodísticos. Yo tendría que hablar, en verdad, de estas enjundias irresolubles que enzarzan a la prensa con el poder, si me tuviera por un bloguero decente de afilada pluma, y de respetado criterio. Pero no lo soy, ay, ni pretendo fingirlo, y sólo puedo decirles que este periódico para el que trabaja Sally Field no tiene nada que envidiarle al Chafardero Indomable para el que se multiplicaba el genuino repórter Tribulete. Un nido de irresponsabilidad, de incompetencia, que primero publica y luego pregunta, que primero divaga y luego confirma. O se retracta, si tal, en páginas interiores. Como los periódicos serios e independientes que hoy en día empapelan nuestros quioscos nacionales. Ilegibles para el espíritu crítico; indignantes, para el ciudadano concienciado. Sólo en internet, salpicando la devastada geografía, resisten algunas ideas galas.

    Paul Newman a Sally Field:
   "Tú no escribes la verdad. Escribes lo que dice la gente, lo que se rumorea, lo que escuchas. La verdad no se encuentra tan fácil. A lo mejor es... lo que tú crees, lo que tú opinas".



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