Los últimos días del Edén

Los últimos días del Edén habría sido un bonito título para estos escritos, porque ellos son, realmente, aunque parezcan una crónica de cinefilias y cinefobias, el relato de mis últimos días en el edén del vigor físico, de la lucidez intelectual, del escaso atractivo sexual que todavía engaña a las mujeres más bobas e incautas del ecosistema. Este blog, en esencia, es la adaptación muy estirada y muy verborreica de aquel famoso poema de William Wordsworth, en el que el poeta lamentaba no revivir el esplendor en la hierba, ni la gloria en las flores, pero  decía, al menos, contar con el recuerdo de las cosas bellas, que en mi caso son las películas de cada día, y las series que veo en las fiestas de guardar.




    Los últimos días del Edén cuenta las andanzas del doctor Robert Campbell en la selva amazónica, un Sean Connery de pelo canoso y guayabera sudada que cree haber descubierto el remedio contra el cáncer en una flor exótica que crece en las alturas. Para controlarle el gasto y aplacarle las locuras aterrizará a su lado Lorraine Bracco, una científica que enamorada al instante del caballero soportará estoicamente las incomodidades con tal de permanecer a su lado, y trincar, de paso, si la cura contra el cáncer fuera veraz, un pedacito de honor en los libros de historia, y un montoncito de millones en el negocio farmacéutico subsecuente. Los últimos días del Edén se estrenó en 1992, y recuerdo que por aquel entonces, aprovechando la coyuntura, entrevistaron a varios oncólogos para preguntarles cuándo estaría listo un remedio contra el cáncer. "Uy -resoplaron, como hablando de un futuro lejanísimo-. Veinte años por lo menos." Y así seguimos, veinticuatro años después, con la misma respuesta colgada en el cartel, como aquel "vuelva usted mañana" de las ibéricas ventanillas. Uno echaba cuentas en 1992 y pensaba reconfortado: entre que descubren la molécula, la prueban en ratones y ponen en marcha su desarrollo industrial, aún llego a tiempo para morirme sólo de un ataque al corazón, o de un trastazo con la bicicleta. Pero se ve que no, que el asunto de los tumores es aún más complicado. Y no te digo nada, si como cuentan en Los últimos días del Edén, el remedio definitivo crece en una selva remota amenazada por la deforestación, y por la sequía. Cuando muera el último árbol, y no queda mucho al paso que vamos los civilizados, apaga y vámonos. 



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