Juego de Tronos 6x06

Ha llegado la hora de confesar que muchos episodios de Juego de Tronos no los veo completos. Que ciertas tramas carentes de interés, de esas que no conducen a ningún lado, o que dan vueltas en círculo como un perro tonto mordiéndose la cola, las paso clandestinamente con la tecla de avance. Lo hago, eso sí, a una velocidad adecuada, nunca más allá del x4 que recomienda el código de circulación. Si uno pisa el acelerador y atraviesa los páramos narrativos a x8 o a por x16, la siguiente secuencia queda descabezada, pues no hay manera humana de clavar el play en el momento justo, y hay que volver sobre los pasos para escuchar completo el discurso de un Lannister, o la sabiduría política de un Lord Varys, y entre que regresas, y ajustas el tiempo, y te haces un lío con el mando a distancia, a veces el tiempo ganado se convierte en tiempo perdido.




    Cuento esto porque hoy he pasado un tercio de episodio dándole al wind mientras esperaba que el dragón de Daenerys apareciera sobre los cielos para freír a Sam y a Elí, que mira que en esos cuerpos hay combustible para rato, y que harían una bonita fogata para iluminar la noche de los reinos. Pero el dragón, siempre remolón y caprichoso, ha preferido volver a las tierras de los Dothrakis, a ser montado de nuevo por su ama de cabellos blancos -que quién fuera dragón en esos casos- y así, salvados por el momento de la muerte, Sam y Elí han vuelto a regalarnos otro "bonito episodio" de su amor no consumado, pues él tiene votos, y ella traumas, y nunca encuentran un lecho limpio y libre de chinches donde yacer y abandonarse. Y hoy, que por fin lo encuentran, en la mismísima habitación donde Sam pasó su adolescencia soñando con espadas de acero y cuerpos de mujer, resulta que tampoco les dejan, avergonzados sus familiares por haber traído consigo a una inmigrante del norte, que allí, en el mundo al revés de George R. R. Martin, son las escandinavas, y no las africanas, las que avergüenzan a las familias, e inquietan a los gobiernos.



    Quizá soy muy injusto con Sam y con Elí, y su casto romance, que yo devoro a toda hostia por la carretera como cantaban Los Ilegales, sea finalmente la clave de todo el asunto sucesorio. Al final, quién sabe, puede que los dragones de Daenerys pierdan el juicio por completo, achicharren a todas las casas reinantes y a todos los caminantes blancos, y entre las cenizas y las ruinas sólo sobrevivan Sam y Elí para fundar una nueva dinastía que gobernará los Siete Reinos Calcinados durante milenios. Hasta que sus orondos descendientes se lo coman todo, incluidas las raíces y las termitas. Ni Lannisters ni Targaryens, ni Starks ni Tyrells: los Tarlys, finalmente, con un par de huevos, y una barriga kilométrica que unirá por fin los Siete Reinos con los territorios de ultramar.



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