Juego de Tronos 6x02

En uno de los mil textos que estos días diseccionan Juego de Tronos, un crítico de televisión ha escrito que sus personajes sólo tienen dos destinos posibles: o la muerte, o dar vueltas en círculo. Después de mil artículos de opinión y de mil tertulias en los bares, este hombre, con una sencilla ecuación, tan revolucionaria como el E=mc2 de Albert Einstein, ha sabido resumir la esencia de este enorme y adictivo culebrón. En D=mr2, D es el destino, M la posibilidad matemática de morir en cualquier momento y lugar, y r el radio de la circunferencia existencial que el protagonista traza para huir del espadazo o del hundimiento craneal. Siguiendo esta teoría, los personajes de Juego de Tronos son como mosquitos que dan vueltas y vueltas por los Siete Reinos -a veces erráticas, a veces con sentido-  para no quedar posados en la pared blanca o en el televisor encendido, donde serían aniquilados de un palmetazo por cualquier Lannister que pasara, por cualquier Ramsay Bolton que se desperezara de la siesta.



    D=mr2 es una teoría muy bella y elegante, pero incompleta. Del mismo modo que la teoría de la relatividad sólo es válida en el mundo macroscópico, el postulado de nuestro crítico sólo es acertado en los episodios aburridos, cuando las historias se detienen, los muertos se prevén y los dragones giran sobre sí mismos comiéndose su propia cola, como perretes desesperados. La Teoría del Destino, o Teoría D, no es aplicable en episodios como el 6x02, donde los personajes salen de sus letargos, de sus círculos viciosos, y se lanzan por los caminos rectilíneos de su búsqueda. Unos mueren, otros se llevan un hostiazo descomunal, y otros, los más egregios, buscan desesperadamente una resurrección. Los guiones más ajetreados de Juego de Tronos hay que analizarlos con una ley física diferente: una mecánica cuántica donde hay personajes que aparecen y desaparecen como los fotones; donde hay trayectorias que sólo pueden valorarse en términos de probabilidad; donde cada partícula encuentra su antipartícula para fusionarse en un fogonazo que puede ser muy sexual o muy sangriento, según la carga eléctrica que lleve el personaje, o según el espín con el que gire al chocar, cuestiones muy técnicas que habrá que guardar para otra reflexión. 


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