Yakuza

La amistad es un sentimiento más noble que el amor. Más elevado y duradero. Y sin embargo, en la literatura universal, y en la cinematografía mundial, por cada película dedicada a la amistad hay otras cien que versan sobre el amor y sus mandangas. El amor, despojado de baladas y trucos comerciales, sólo es el runrún de los genes, el chirrido de su engranaje. Un impulso polinizador que se agota a los pocos meses, o a los pocos años. O a veces ni eso. El amor es el engañabobos de la naturaleza.
    Alguno dirá: la amistad también es un valor ficticio. Un impulso cooperativo que viene dictado por el interés más calculado de nuestros genes. Y tienen razón, los inteligentes antropólogos. Pero la amistad, estarán conmigo, resiste mejor los análisis, y los embates del tiempo. Comparada con el amor, que se fragmenta al menor golpe, que se enturbia con la menor agitación, la amistad, la verdadera amistad, es una roca que sólo la traición o la muerte pueden disgregar.




    En Yakuza, la película de Sidney Pollack, las katanas y los mafiosos sólo son el marco violento que envuelve una gran historia de amistad. La que mantienen Robert Mitchum -que ha llegado a Japón para negociar un rescate y repartir de paso unas cuantas hostias- y Tanaka Ken, ex-ninja de gesto hierático al que Mitchum conoció en los tiempos de la ocupación, cuando los americanos, después de soltar las bombas atómicas, se paseaban por las calles de Tokio imponiendo la ley y el orden. Casi tres décadas después, el sentido del honor vuelve a unirles en su lucha contra Tono, jefe de un clan yakuza que no se parece ni en las pestañas a Tony Soprano. En Yakuza también hay una historia de amor, claro está, porque si no no sería una película de Pollack. En su regreso a Japón, Mitchum volverá a encontrarse con Eiko, la bella flor de la primavera con la que retozó siendo jovenzuelo, él vestido de militar uniformado y ella de geisha complaciente. Pero esta historia, que al principio parece el motor de la película, rápidamente palidece, y se apaga, y el personaje de Eiko pasa a ser un elemento marginal cuando empiezan los katanazos de verdad, y Mitchum agarra la escopeta y el revólver, y Tanaka Ken se despoja de las vestiduras para mostrar sus tatuajes de samurái, y Yakuza se transforma en un viejo western en el que las mujeres sólo estaban ahí por exigencias del guión, para entretener la espera de los verdaderos asuntos, que son el honor, el deber, la gratitud debida al amigo del alma. 


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