Turistas en mi playa XVI

La últimos pornógrafos descarriados que han caído en mi blog son gente muy variopinta, con intereses sexuales muy concretos, casi fetichistas.
    El primero de ellos me preguntó por unos "fisioterapeutas que llevan a cabo final...", confundiendo, creo yo, el noble oficio del fisioterapeuta -que pone en orden los músculos y las articulaciones- con el noble arte del masajista, que es el oficio que seguramente mi lector buscaba, y que tiene connotaciones más estimulantes y recreativas. Y mucho más si ofrecen ese final con puntos suspensivos que él anhelaba. Si este querido amigo ha confundido mi blog con una página de anuncios, yo, educadamente, le indicaré el camino hacia sus anhelos, pero si su curiosidad era puramente cinematográfica, tengo que decirle que sí, que he visto varios finales felices en mi cinefilia, en la confesable, y en la inconfesable también, pero que si no especifica más, y no me ofrece al menos el nombre de un actor, o de una actriz, o la descripción de un contexto, voy a servirle de muy poca ayuda.



    El segundo turista buscaba, supongo que ávido, porque estás cosas siempre se buscan en el arrebato de una excitación, "ingrid coronado tetas", y yo, en una primera asociación, pensé que se trataba de una hija de José Coronado, el actor español, que en sus primeros pinitos había regalado la visión de sus pechos para ir haciéndose un nombre y un currículum. Pero resulta que no, que la hija de José Coronado, según la Wikipedia, se llama Candela, y que por edad, y por vocación, no está en el menester de estos oficios. La Ingrid Coronado que buscaba mi amigo es una todoterreno mexicana que lo mismo canta que baila que presenta programas de televisión. Una mujeraza ya madurita, de edad variable en las biografías, que cuenta, efectivamente, con un par de razones que aún vestidas son de mucho gozo, y de mucha estima, por lo que yo mismo me he sumado a la búsqueda de sus esplendores, a ver si me sonríe la suerte.



    El último turista de este consultorio sexo-sentimental arribó a mi playa buscando "porno de lapona", interés que me causa mucha curiosidad, y mucha extrañeza, pues dudo que allá en Laponia exista una industria cinematográfica dedicada a la coyunda en los iglús. Porque a ver quién es el majo que se despelota allí ante la cámara, o a ver cuál es el pito que a esas temperaturas extremas se anima a salir de su cueva, que ni la más diestra feladora del Polo Norte lo iba a convencer de la aventura. El porno lapón, de haberlo, sería con tanta piel de oso puesta sobre los amantes que no iba a adivinarse gran cosa. Lo más parecido al "porno de lapona" que yo he visto -quitando alguna mujer de ojos achinados en la cinefilia inconfesable- es a Renée Zellweger estimulando los tocamientos de Jim Carrey en Yo, yo mismo e Irene, pues Renée, antes de operarse el jeto y convertirse en Renénstein, era una mujer bellísima de rostro tan nórdico, tan septentrional, que uno no se extraña al leer en la Wikipedia que ella desciende del pueblo saami de los confines de Noruega, donde sus antepasados seguramente procreaban con la tranquilidad de no existir una cámara de cine en mil kilómetros a la redonda.  



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