The Veep is coming

Anda todo el mundo esperando el 24 de abril como agua de mayo, porque ese día vuelven las espadas y las brujerías de Juego de Tronos, y por fin sabremos, las enamoradas, y los intrigados, si Jon Nieve sobrevivió a los idus de marzo. Yo seré el primero en sentarme ante el televisor -al menos en este uso horario- para satisfacer los bajos instintos de los desnudos y las violencias, y comparecer luego aquí, en el diario, y luego allá, en el bar, para tener algo que opinar ante las amistades. Porque las amistades, si uno se presentara in albis a tomar el café o las cañas, me mirarían mal, y me afearían la dejadez, y buscarían la menor oportunidad para dejarte tirado y dar rienda suelta a la sinhueso, que fíjate tú qué hijo de puta el Fulano o que zorra sibilina la Mengana, cosas que ante tu ignorancia no podrían comentar, o tendrían que comunicar con jeroglíficos verbales que les dejarían exhaustos y a medio entendimiento.



    Hay tanta expectación con la nueva entrega de Juego de Tronos, que nadie ha recordado que ese mismo día, también procedente del paraíso de la HBO, se estrena la quinta temporada de Veep. Y Veep, no me canso de repetirlo, es la mejor sitcom de los últimos tiempos. El día a día de la vicepresidenta Selina y su séquito de incompetentes es una sátira vitriólica, venenosa, que deja a los políticos a la altura del betún, o de la mierda, si lo prefieren. Veep tiene la apariencia de ser una bufonada, una patochada de políticos indignos y asesores muy cínicos, pero cualquier persona informada sabe que la realidad no anda muy lejos de estos disparates. Y que en algunas ocasiones, como suele suceder, supera incluso a la ficción. Aquí mismo, en nuestra política nacional, llevamos cuatro meses poniendo la tele para informarnos de los pactos de gobierno y nos sale un Spanish Veep a todas horas, con políticos que mienten, negociadores que tergiversan, portavoces que se ríen en nuestra cara de votantes. aunque nuestra verdadera veep, doña Soraya, ahora trabaje escondida bajo una seta. Los malévolos guiones de Armando Ianucci y sus compinches apenas se distinguen de lo que trasciende en las ruedas de prensa, y de lo que imaginamos que se urde entre bambalinas.



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