El verdugo

El verdugo, la obra maestra de Rafael Azcona y García Berlanga, fue aplaudida por el antifranquismo como una comedia negra que protestaba contra la pena de muerte. Los críticos del régimen tomaron la historia de Nino Manfredi como una excusa muy hábil para darle caña al franquismo, y retratar la inmoralidad de las leyes, y la podredumbre del sistema. Azcona y Berlanga fueron considerados dos santos laicos que habían liado a los censores con los fuegos artificiales de los asuntos sexuales y los exilios a Alemania -prohibidísimos por entonces en los guiones- mientras cebaban con pólvora los otros cañones de la pena capital.



    Es indudable que Azcona y Berlanga se posicionan contra la pena de muerte, y que dejan caer su crítica en un par de gestos que tienen un humor más macabro que negro. Pero tengo la impresión de que sobrevuelan la polémica como queriendo pasar rápidamente a lo sustancial, que es otra cosa. Y aunque puede argumentarse que se vieron obligados a ello por la censura, creo que a estos dos tunantes -más antropólogos que políticos, más biólogos que filósofos- lo que les interesaba de verdad era hablar de la maldición del trabajo, del hombre atrapado en el matrimonio. De la perra suerte que le espera al homínido que se deja llevar por los instintos genitales y luego se ve atrapado en las responsabilidades derivadas. Que Franco era un militar carnicero o  que la pena de muerte era una práctica del Medievo son dos evidencias que no necesitaban mayor explicación. Azcona y Berlanga, más inteligentes que todo eso, dan el asunto por archisabido y lo utilizan como telón de fondo para su intención verdadera. Aquí lo que importa es que hay un piso precioso en Madrid, amplio, luminoso, con vistas a la sierra de Guadarrama, y que si José Luis no hereda el oficio de su suegro todos tendrán que regresar al piso de mala muerte, a malvivir de su parco sueldo en la funeraria, mientras otro hombre, quizá más valiente, quizá más práctico, aprieta el garrote vil de los condenados para que sea su familia la que disfrute de las vistas, y de los aires benéficos. Un asunto socioeconómico, en un último término, si es que en la vida no es todo socioeconomía, como predicaba el abuelo Karl. 



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