El cochecito

Hace un mes que adopté a mi perrito Eddie, y estas mañanas de nueva rutina, cuando lo saco a hacer sus abluciones, me encuentro con una vecina que lleva a su hijo al instituto. En coche. Sólo quinientos metros separan su domicilio del centro escolar, y el chaval, ya crecidito, no padece ninguna minusvalía física que se sepa, ni ningún sentido trágico de la desorientación. El primer día que los vi pensé: "Será que está buena mujer va a trabajar a la misma hora, y que el instituto le pilla de camino". Pero quince minutos más tarde, cuando yo regresaba del paseo, ella estacionaba de nuevo frente al portal. Llevamos un mes en este plan, coincidiendo en silencio, y no hay que ser Sherlock Holmes para deducir que esa familia es un poco disfuncional. Siempre que los veo subirse gravemente al coche, como si fueran a emprender un viaje de quinientos kilómetros, me acuerdo de aquella frase que escribió Bukowski en sus diarios cuando conoció las escaleras mecánicas en unos grandes almacenes:

    "Dentro de 4000 años no tendremos piernas, nos menearemos hacia delante usando el culo..."




    Esta noche, viendo El cochecito, me he acordado de mis vecinos motorizados, a los que mañana volveré a encontrar cuando Eddie levante la patita. En El cochecito, que es la segunda película que firmaron juntos esos dos guasones del humor negro llamados Azcona y Ferreri, don Anselmo es un jubilado que teme quedarse sin amigos porque su íntimo compadre, ahora impedido, se mueve por Madrid con un cochecito de minusválido, y se ha juntado con otros "ángeles del infierno" para ir de correrías por el centro, y por la Casa de Campo. Don Anselmo, al que da vida el impagable Pepe Isbert, está más sano que una manzana, y sus familiares, con buen criterio, no ven la necesidad de gastarse un pastón en el capricho. Le advierten que si deja de caminar se le van a anquilosar las piernas, pero el vendedor de los cochecitos, un ortopedista que se está forrando con el invento, le convence de que ahora lo moderno es ir a todos los sitios sin caminar, y que en el año 2000 ya nadie va a necesitar las piernas para nada. Azcona y Bukowski, tan lúcidos, anunciaron al hombre nuevo en sus escritos. Uno que está muy lejos de aquel superhombre que vislumbró Nietzsche antes de volverse loco, en el otro cambio de siglo. El hijo de mi vecina es el infrahombre que fue predicho por el ortopedista, y por el borracho literato. 


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