Los odiosos ocho

Leyendo las reseñas de Los odiosos ocho he topado con un neologismo que está haciendo fortuna entre los críticos de postín: tarantinear, que es ese estilo personal e intransferible -como diría Supergarcía- que tiene nuestro amigo para escribir sus diálogos. Del mismo modo que Cantinflas cantinfleaba en aquellas verborreas que a nada conducían, los personajes de Tarantino llevan más de veinte años tarantineando esos rollos que en la vida real no le soportaríamos al amigo, ni a la mujer, pero que en el cine soportamos con la risa colgada, y con la tensión disparada, pues ya sabemos que después de cada parrafada viene una explosión de violencia, una mancha de sangre que cortará el discurso por lo sano.



    Los odiosos ocho es realmente una obra de teatro. Una tragedia de escenario único -si exceptuamos la diligencia del principio- con actores soberbios que recitan casi tres horas de texto para ir hilvanando los tiros y las sanguinolencias. Entre disputas de machos, racismos sureños y venganzas de la Guerra Civil, los personajes tienen argumentos de sobra para afilar las lenguas, y herir los oídos. Podría durar horas, la película, de tantas cuentas pendientes como hay, y de tan perfectas como son las réplicas, y las contrarréplicas, y nosotros no nos cansaríamos de atender. Podríamos dejarla puesta en la tele y regresar a su argumento mientras cenamos, o mientras nos cepillamos los dientes, a ver cómo andan las cosas en la posada. Porque Los odiosos ocho se parece mucho a un reality show de nuestras televisiones, con tipos encerrados en una casa comunal que hablan y hablan para pasar el rato, y cortejar de paso, a la tía más guapa del plantel. Con la única diferencia de que en la película de Tarantino nadie está por la labor de acostarse con Daisy Domergue, tan deslenguada y tan desdentada, una verdadera víbora de intenciones aviesas. En este Gran Hermano de las Montañas Rocosas el objetivo es salir con vida de la cabaña, y a ser posible dejar algún cadáver a la espalda, de algún tipejo que se lo tenga bien merecido.



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