El buen samaritano y El despertar de la Fuerza

Ahora que el viento y la lluvia han limpiado los tararíes horrísonos de la Semana Santa, pasea por las redes un buen samaritano que ofrece gratis un ripeo excelente de El despertar de la fuerza. Su botín está en inglés, y con subtítulos en el mismo y bárbaro idioma, pero son tantas las ganas de volver a ver la película que el retoño y yo -uno que abandona la adolescencia y otro que regresa a ella- no hemos podido resistir la tentación de rapiñarlo. Queda un mes para que el Blu-ray salga a la venta, pero será, por supuesto, a un precio exorbitante, aprovechando que somos muchos y que estamos muy locos, los fanáticos de la saga. Si hubiéramos aprovechado las enseñanzas de los caballeros Jedi, el padre y el hijo ahora seríamos dos monjes budistas que aguardan con paciencia una bajada de precio, y entretienen la espera con otros menesteres. Pero de tanto frecuentar a los Jedi sólo hemos aprendido a hacer el indio con la espada láser, y a mover la mano como si apagáramos una vela para hipnotizar a los guardianes, y nada se nos ha pegado de la enseñanza sustancial que predicara Lucas el evangelista, que es la paz de espíritu que impregna los caminos de la Fuerza.



    Humanos llenos de defectos como somos, el retoño y yo hemos delinquido esta noche con la copia pirata del buen samaritano. Pero el nuestro es un delito transitorio, muy venial, que casi no necesita confesión ni penitencia. Porque nosotros vamos a pagar tarde o temprano por el producto, cuando los mercaderes no nos tomen por tontos. O al menos no por tontos del todo. Y pagaremos dos veces, además, porque somos clientes fidelísimos de la televisión de pago, y dentro de un tiempo eterno, cuando pasen por allí El despertar de la Fuerza, volveremos a juntarnos en el sofá para aplaudir la reaparición de Han y Chewbacca; para flipar con los giros imposibles del Halcón Milenario; para callarnos, como tunantes, que Daisy Ridley nos enciende unas bajas pasiones más propias del Lado Oscuro que de la luz beatífica de la Fuerza, donde los Jedi se conducen prácticamente como eunucos. Y donde pierden, la verdad sea dicha, un poco de su encanto.



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