Asignatura pendiente

Si hacemos caso de lo que cuentan las portadas de los periódicos, y las tertulias de la radio, parecería que la gente está muy pendiente de la actualidad política, y de los vaivenes de la bolsa. Pero no es cierto. Estas cosas sólo interesan a los que viven del momio, o a los que invierten en valores. Al común de los mortales, aunque sigan los acontecimientos con curiosidad, porque de algo hay que hablar con los amigos y con los cuñados, lo que les preocupa cada mañana, al despertar, es saber si van a follar o no. Saber si la novia aceptará, si la mujer transigirá, si aparecerá, por fin, una mujer en el horizonte. Todo lo demás sólo es contexto y divertimento.



    En Asignatura pendiente, mientras el caudillo se muere en la cama y los demócratas afilan las leyes y los nostálgicos los cuchillos, José y Elena recuperan el tiempo perdido follando como macacos a espaldas de sus cónyuges. Al otro lado de la ventana se escuchan amenazas de muerte y gritos de libertad,  pero ellos, ensordecidos por la pasión, sólo escuchan el frufrús de las sábanas, y el respirar agitado de la pareja, que les sirve de guía para ascender las cordilleras. Tampoco después, mientras saborean el cigarrillo postcoital, se acordarán del momento histórico que están des-viviendo. Desnudos de cintura para arriba -lo que hizo de Asignatura pendiente un fenómeno pechológico allá en 1977-  José y Elena conversan sobre su romance de juventud, allá en los veranos de la sierra, cuando él le cogía la mano en los senderos y le palpaba los pechos en las penumbras, siempre por encima de la rebequita, claro está, que no estaba el franquismo para bollos.
    Así vivirán José y Elena las primeras semanas cruciales de la Transición, despachando con celeridad los asuntos de la oficina, o las meriendas de los niños, para arrejuntarse en la cama y olvidar el mundanal ruido de sables y altavoces.  Pero ay de la rutina, que lo mismo carcome los matrimonios que los adulterios, porque es un insecto que no hace distingos con las maderas, y hasta los polvos, si vienen muy seguiditos, se convierten en obligaciones que hay que despachar con fastidio. Sólo entonces, en la calma de los instintos, volverán nuestros tórtolos a ser conscientes de la realidad, llamados al deber de comportarse como ciudadanos, y como fieles esposos, cada uno en su redil.



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