Spotlight


Un recuerdo personal.
En Invernalia, en el patio del colegio, cuando te raspabas las rodillas o el codo, el encargado del recreo te enviaba al dispensario, un garito con cuatro tiritas y un bote de alcohol que gestionaba, vamos a llamarle así, el hermano Jesús. El hermano Jesús era un docente retirado al que colocaban allí para darle una distracción matinal. Aquel hombre vivía en el colegio, en comunidad, seguramente desempeñando mil tareas productivas, pero nosotros, los alumnos externos, sólo le conocíamos en aquel dispensario por el que pasábamos dos o tres veces al año, cuando nos dábamos un tortazo en el baloncesto o en el futbito.
    Al hermano Jesús le daba igual la superficie lastimada que le presentases. Su primera instrucción, invariable, era que te bajaras los pantalones.
    - "Pero, hermano..., ¡que me he raspado el antebrazo!"
    - Ya lo sé, hijo, tú bájate los pantalones.
    Como éramos timoratos, y merluzos, y desconocíamos los intrincados caminos de la anatomía, que tal vez requería mercromina en las rodillas para curar los rasguños del codo, nos bajábamos dubitativos los pantalones, sólo un poquitín, hasta la altura del medio muslo. El hermano Jesús echaba un vistazo furtivo a los asuntos esenciales, siempre cubiertos por el calzoncillo o por el faldón de la camisa, y rápidamente te ordenaba que restablecieras el vestido decoroso. Al instante, como liberado del trance, te limpiaba la herida diligentemente, sin un roce de más.
    - Tened más cuidado para la próxima vez, perillanes.



    Aquella situación, más que vergüenza, nos producía mucha risa cuando regresábamos al patio. Los amigos se partían la caja con la anécdota de siempre, pero renovada. Incluso montábamos un teatrillo, imitando la escena, si el encargado del recreo andaba despistado. En realidad nadie le daba la menor importancia al asunto. Comparado con estos curas de Boston que la película Spotlight nos devuelve a la memoria, abusadores gruesos y delictivos, el hermano Jesús era una hermanita de la caridad. ¿Qué buscaba, que nunca apeteció, con aquella instrucción suya de los pantalones? ¿Y si después de todo, llevado por el celo profesional, y no por el otro celo, sólo buscaba lesiones que quedaban ocultas a la vista, y las descartaba con ese protocolo que nosotros interpretábamos lascivo? ¿Y si su supuesta flaqueza sólo fue el constructo de nuestra imaginación? ¿De nuestra beligerancia anticlerical, que ya por entonces buscaba campos de batalla? ¿De nuestras ganas de sacarle punta a cualquier asunto genital, para echarnos unas risas nerviosas?
    Hacía más treinta años que no me acordaba de él.


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