El renacido

El renacido es de esas películas que hay que ver en pantalla grande. No queda otra. Si uno quiere disfrutar de la luz, del paisaje, de la acción atronadora, hay que vencer la neurosis de quien no soporta las conversaciones, los barullos, los enredos con los comestibles. Armarse de valor, rezar a los dioses nórdicos y encontrar la butaca exacta que sea el baricentro del silencio, el ortocentro de la placidez.



    Llego a los multicines de Invernalia con quince minutos de antelación. El movimiento ante la taquilla es muy escaso, pero El renacido es la única película que ponen a esa hora, así que no puedo confiarme. Son todos los que están, pero todavía no están todos los que son. Los potenciales moscardones son parejas de jubilados, cuarentonas solitarias -¿una oportunidad para el amor?-, jóvenes atildados que no tienen pinta de ser peligrosos. Tomo un café en el vestíbulo mientras con un ojo leo el Marca y con el otro controlo la situación. Pasan los minutos y la animación no parece excesiva, así que finalmente me decido. Pago los seis euros con setenta céntimos, saludo a la portera y entro en la platea con los nervios en tensión, afilados. Del primer vistazo descubro tres o cuatro lugares propicios, algo esquinados, pero alejados de mis semejantes. Se ven algunos tanques de palomitas, y se escuchan algunas risas con los tráilers de superhéroes, pero el presentimiento que tengo es bueno, y con la fanfarria inicial me relajo en mi butaca de eremita. Desde los primeros compases de El renacido, que son muy violentos y tremebundos, la gente, silenciosa, va a estar a lo que está. Gracias, Odín.



    Dos horas y media después, salgo del cine con una sensación molesta en el ánimo. Me ha gustado El renacido, pero siento como una ingratitud, como una deuda, hacia Iñárritu y su equipo de cineastas. Estos tipos se han dejado la piel -a veces literalmente- en un rodaje que por sí mismo ya es una odisea, allá en Canadá, y en la Tierra del Fuego. DiCaprio, el pobre, y Hardy, el pobrecico, se han metido trastazos, se han bañado en aguas heladas, se han hecho arañazos por doquier. Iñárritu ha invertido cien talentos y cien millones en crear la aventura definitiva del hombre contra la naturaleza, y de la naturaleza contra el hombre. Y aunque logra, realmente, momentos de suprema belleza, y de auténtico salvajismo, uno, en los momentos más reiterativos, se ha ido de la película y se ha puesto a pensar en sus cosas de la semana, que si las tareas domésticas o que si cuándo ponen al Madrid.  A la película le sobran minutos, y simbologías, y algún preciosismo que otro. El esfuerzo sobrehumano de Iñárritu and company se merecía una obra maestra, un clásico absoluto, y se ha quedado en un entretenimiento grandioso. Que es mucho, pero también es poco, no sé si me explico. 



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