El exorcista. Reflexión 3ª

El demonio, por descontado, no estuvo en Washington en el año 73, incordiando a las chavalas. Tuvieron que pasar treinta y un años para que se presentara uno allí realmente, cuando William Friedkin ya sólo hacía películas de compromiso, y William Peter Blatty había abandonado la escritura de cosas tremendas. No era Pazuzu, sino un político español, que lucía bigote, rebrillaba gomina y presumía de abdominales. Uno que mandaba mucho, y que fue nombrado profesor asociado en la Universidad de Georgetown, el mismo campus donde el infortunado Karras impartía sus clases de psiquiatría, y daba consuelo a los jesuitas de poca fe. El diablillo -ustedes ya saben quién es, porque además lo he puesto en la fotografía- hablaba castellano en la televisión, catalán en la intimidad, y luego, en la Universidad, en unos vídeos que siguen dando mucha la risa, un inglés rudimentario con acento de caballero de Olmedo. Un don de lenguas de la hostia, como se ve, todas muy antiguas y de solera, que ya tenía que hacer sospechar al personal de su tenebrosa procedencia. Luego, por si quedaba alguna duda de su sulfúrico tufillo, Ánsar se subía al atril y bendecía la guerra contra el Terror que el otro Terror habría provocado, y se carcajeaba de los pobres, y se descojonaba de la sanidad pública, y sacaba armas de destrucción masiva de sus atléticos cojones, y si uno está muy atento a los vídeos casi pueden verse los dos cuernecillos, rojigualdas y monísimos, saliéndole entre la mata de pelazo.


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