Sinatra: todo o nada

Sinatra: todo o nada, es el documental que la HBO ha dedicado a la figura de Frank Sinatra, ahora que en 2015 se cumplían cien años de su nacimiento. Venía uno desconfiado al sofá, con pocas ganas de perder el tiempo, porque estos documentos suelen terminar en la hagiografía comodona: en la exaltación de las virtudes, y en el silencio de los defectos. Siempre hay hijos que pleitean, aludidos que demandan, mil enredos que obligan a desgrasar la biografía hasta dejarla en una leche desnatada que ni sabe ni alimenta. Pero no ha sido el caso, afortunadamente. La HBO ha vuelto a liarse la manta a la cabeza para dejarnos contentos a los usuarios de pago. Un Sinatra light o descremado se hubiera quedado en el repaso de sus greatest hits en discos y alcobas, y poco más, y para esos viajes ya están las alforjas de Qué tiempo tan feliz, en Tele 5, cuando María Teresa Campos decida lanzarse a la carrera internacional.



     Sinatra: todo o nada se aventura con decisión en los claroscuros de nuestro personaje, que los tenía por decenas, como en un cuadro de Caravaggio. El Sinatra glamuroso que canta y actúa en las películas se entremezcla con el Frankie camorrista que coquetea con la mafia y se aproxima a los círculos del poder, allá en el Camelot donde reinaban los Kennedy. El Sinatra que se dejaba millones en causas benéficas y cuerdas vocales en protestas contra la segregación racial, es el mismo Frankie que luego acosaba a sus mujeres o se cambiaba de chaqueta para apoyar a Ronald Reagan en sus aspiraciones. Un ángel y un demonio, un bendito y un impresentable. Un personaje contradictorio al que dan ganas de achuchar en unos pasajes y de abofetear en los siguientes. En el fondo, más allá de sus trajes carísimos y de su aureola de cantante, Sinatra fue  un chulo de barrio que siempre hizo lo que le dio la gana, como dejó consignado en su canción My way, que viene a ser la confesión última de sus voluntades, tan férreas como poco lamentadas:

Arrepentimientos, he tenido unos pocos,
pero igualmente, muy pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tenía que hacer,
y llegué al final sin deber nada a nadie.
Planeé cada ruta,
cada cuidadoso paso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.




       Posdata. De los 34 centímetros que la tradición atribuye a su miembro viril no se dice una sola palabra en el documental. Ninguna fuente fiable, por lo que se ve, ha contrastado lo que en su día afirmara Ava Gardner: ”Frank pesa 50 kilos. 45 de ellos corresponden a su pene”.





2 comentarios:

  1. Era grande y como tal era listo pasaba la mano por el lomo de todos y con su chequera lo mismo financiaba a demócratas que a republicanos, igual cantaba en el Brooklyng, que en el Bronx, porque lo mismo estaba de moda cantar con los negros que para la mafia italiana, pero vamos nada que no haga un tío listo y rico llevarse bien con todos y no casarse con nadie. Aunque claro todo eso no desmerece el portento de voz que tenía y lo intrépido que era que cantaba una Bossa-nova, como soul o lo que hiciera falta y siempre al amparo de la magnífica y bella New York

    ResponderEliminar
  2. Tengo, además, la impresión de que Sinatra no era un gran cantante. No en el sentido técnico, ortodoxo. Pero eso sí: transmitía la emoción de lo que cantaba, y eso era lo que conmovía al gentío. Y fundamentalmente a las gentías.

    ResponderEliminar

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com