Les combattants

Ahora que después de veinticinco años he regresado al mercado del amor, a ganarme los besos con el sudor de mi frente, he descubierto, estupefacto, que las mujeres ya no son lo que eran. En mis tiempos mozos aún servían los gestos de galantería para ir abriéndose camino. Si eras capaz de comportarte como un caballero, y de mantener la chorra a buen recaudo el tiempo necesario, tenías mucho terreno ganado. Y si además -con un poco de suerte que yo no disfruté- eras un poco guapo y un poco echado p’alante, el mundo de las mujeres se abría ante ti como un jardín en tiempos de primavera.



   Ahora, sin embargo, las mujeres están de un exigente que meten miedo. El feminismo, esa ideología tan necesaria para lo legal y tan dañina para lo romántico, ha terminado por convencerlas de que los hombres somos unas excrecencias biológicas, unos antropoides prescindibles. Dentro de unas décadas, cuando las clínicas de fertilidad sean tan habituales como los bares o los bazares chinos, las mujeres ya no necesitarán nuestros jadeos para alcanzar el sueño de ser madres. Por la mañana irán a la clínica a introducirse un poco de semen congelado, y luego, tan campantes, se irán a la pelu con las amigas, a la cafetería con las primas, a la sobremesa con la mamá, y los hombres, en su recuerdo, ya sólo seremos un artículo zoológico de la Wikipedia, con nuestros tristes vellos y nuestros ridículos penes.



    En el siglo XXI te acercas a una mujer y lo primero que te pregunta es si practicas trekking, rafting, puenting, snowboarding…, asegurándote que si no eres capaz de seguir el ritmo es mejor que ni lo intentes. He pasado veinticinco años en la cápsula del tiempo y al salir de ella he encontrado la Estatua de la Libertad tirada en mi jardín. Yo aún tengo la ilusión de encontrar una mujer de mi edad, chapada a la antigua, impermeable a este discurso del androicidio. Pero los chicos jóvenes… Ay, de ellos. Les depara el mismo futuro que al protagonista de esta película francesa que he visto hoy, Les combattants. Arnaud es un pobre desgraciado que se enamora de Madeleine, la marimáchica preciosidad de los ojos azules, y para hacerse un hombre digno de sus favores tendrá que perseguirla hasta el mismísimo Ejército francés, donde ella se ha alistado para formarse como superviviente. Por ella Arnaud marchará kilómetros, se arrastrará por el barro, beberá sus propios orines… Toda una metáfora del reto que les espera a las futuras generaciones de machos. Que se vayan apretando los ídems.



1 comentario:

  1. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.....

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