Anacleto

Apagué las luces para ver Anacleto con una mosca detrás de la oreja. Una muy zumbona que no paraba de advertirme del peligro. Hace meses que vi los avances y publicidades de su estreno en cines, y aquello parecía un cómic para desfogue de adolescentes. Un homenaje a Tarantino con exceso de metralletas y abuso de explosiones. Una pérdida de tiempo para el cuarentón que leía los tebeos de Anacleto en la infancia, que ni cómics se llamaban todavía. Anacleto, tal como yo lo recordaba, no tenía adaptación posible al cine. No al menos como película de acción, en plan Misión Imposible y tal. Quizá, sí, como comedia disparatada, casi subversiva, porque Vázquez, el dibujante, era un coñón que usaba sus personajes para hacer mofa y befa de la España retrasada y carpetovetónica. Una España que, groso modo, sigue más o menos igual, aunque ahora todos usemos teléfono móvil y entendamos los títulos en inglés de las películas.



     No pensaba ver Anacleto, la verdad, pero la crítica española, sospechosamente unánime, prietas las filas con el producto nacional, había proclamado su entusiasmo con la cuchipanda del agente secreto. Y te hacen dudar, estos mamones, porque a veces aciertan en el contubernio, y te llevan por el buen camino de una película desconocida, pero a veces te engañan como a un bobo, para que apoquines la entrada o el DVD y engroses la cuenta del director o el actor de turno, que suele ser un amiguete, o un compañero de copas. Entre que sí y entre que no, finalmente me decidí, más que nada por descubrir a Berto Romero en un papel para el cine, porque Berto es un tipo que me hace reír mucho en la radio y en la tele, un comediante ocurrente y chisposo, un mitómano gafudo y cuarentón como yo que ha bebido en las mismas fuentes y en los mismos humores.



       Casi desisto del anaclético empeño a los diez minutos, cuando descubro al padre de los Alcántara descerrajando tiros en un desierto, pero tengo que reconocer que luego me he reído como un tontorrón, en un buen puñado de ocurrencias. Las persecuciones y los tiros me aburren soberanamente, pero algunos diálogos, algunos excesos verbales, las coñas marineras tan propias de Vázquez, merecen el esfuerzo. Anacleto es una película excesiva, desparramada, demasiado moderna para este anciano escribiente. Pero conserva algo del viejo tebeo, un espíritu, una chapuza, una españolidad disparatada. Y con eso me vale, para entretener otra noche de invierno, en el sofá, con la mantica, con los mandos sobre el regazo. Esperando a Phil, la marmota.




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