45 años

El libro que me puso en la senda de la sabiduría -de mi sabiduría, al menos- fue El mono desnudo, de Desmond Morris. Buscando las respuestas que los curas siempre postergaban, o que animaban a buscar en la Biblia, como si las inquietudes de un adolescente pudieran resolverse en el Deuteronomio, o en las profecías de Malaquías, en El mono desnudo encontré la explicación detallada de aquello que Charles Darwin dejó susurrado: que somos unos antropoides muy evolucionados, fascinantes y complejos, pero poco más. Morris, entre otras cosas, resolvía el debate entre monogamia y poligamia afirmando que el hombre era, de natural, un monógamo sucesivo. Un comportamiento único entre los primates que sin embargo explicaba muchos entuertos del romanticismo. El nudo gordiano de las poesías y las películas. Morris hizo sus cálculos antropológicos y dictaminó que el tiempo natural de una pareja era de cuatro o cinco años, si la camada sobrevivía sana y viable. Cumplido este plazo, los progenitores abandonaban el nido -o trataban de abandonarlo, claro, que eso es otro cantar- buscando nuevos amores en los que reproducirse, sin maldad ni rencores, sólo por el bien del entrecruzamiento genético.




        Si nuestro comportamiento sexual fuera la poligamia absoluta, o la monogamia estricta, los celos serían un sentimiento desconocido. Con eso soñaban los hippies, y siguen soñando los talibanes. Pero somos, ay, como nos describió el zoólogo Morris, amantes posesivos y transitorios. Ya lo decían los habitantes de Amanece que no es poco, que todos somos contingentes menos el señor alcalde, que era el único necesario. Los celos suelen mirar hacia el futuro, temiendo el abandono y la soledad, pero a veces, como ocurre en esta gélida película que es 45 años, se proyectan hacia el pasado. En este carrusel de monogamias sucesivas, somos, simplemente, la pareja actual, la que ha elegido la suerte, o la conveniencia, o la comodidad de las costumbres. Pero nadie nos asegura que nuestro amor sea el más luminoso, el más bello, el que dejará la cicatriz más profunda en nuestro compañero de viaje. La mayoría de los homínidos prefieren no saber estas verdades, y se autoconvencen de su romántica trascendencia. Otros, como el personaje de Charlotte Rampling en 45 años, tienen la mala suerte de toparse con el pasado cuando ya nada presagiaba su llegada. Como en una tormenta de los sentimientos llega el orgullo herido, y la arrasadora sensación del tiempo perdido, que es el dolor más profundo que pueda concebirse. Los ojos de Charlotte, esos ojazos de mujer vivida y de actriz consumada, pasarán en un santiamén del amor al rencor, de la admiración al reproche, de la felicidad a la angustia inconsolable...




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