Star Wars: cómo cambié de galaxia

Ahora que estamos a punto de regresar a los caminos de la Fuerza, y que las conversaciones entre cinéfilos sólo versan sobre galactofilias y galactofobias, veo, en los canales de pago, el documental titulado Star Wars: cómo cambié de galaxia. En él aparecen tres habitantes del planeta España que confiesan su admiración por el invento de George Lucas. Más aún: tres personas cuyo rumbo en la vida se decidió en el momento mismo en que la nave consular apareció sobre Tattoine, perseguida por el destructor imperial. Uno de los terrícolas hispanos, ingeniero de telecomunicaciones, emprendió tal vocación con el objetivo de construirse un R2D2 para sí mismo. Otro, dibujante y diseñador, encontró su primera inspiración en la imaginería de las naves espaciales y los trajes del Imperio. Carolina, la tercera hispana abducida por los ovnis, dedica su tiempo libre a visitar hospitales y centros benéficos disfrazada de stormtrooper, para regocijo de la chavalería.



           Ellos, que de niños se quedaron boquiabiertos como me quedé yo en la sala de cine, han hecho algo provechoso con su inocente colgadura. Han creado redes, dibujos, alegrías... Uno, en cambio, se traicionó a sí mismo y nada fructífero sacó de la chifladura, más allá de estas tonterías que a nadie interesan. A medias seducido por el universo de Star Wars y por la serie Cosmos de Carl Sagan, en la infancia de León soñé con ser astrónomo para buscar naves espaciales en las estrellas. Yo quería vivir en un observatorio, muy lejos de los hombres, y muy por encima de ellos, como el filósofo Nietzsche en Sils Maria. Vivir una historia de amor con otra astrónoma soñadora y solitaria, una de esas mujeres que durante el día lleva gafas de secretaria y por la noche se transforma en una fogosa loba de luna llena. Pero me perdí, o lo olvidé, o desistí, ya no me acuerdo. Muchos años después, ante el expositor de DVDs, encontré una reedición de Cosmos y casi me pongo a llorar allí mismo. La vida se me había escurrido ente los dedos. Ya era demasiado tarde para reemprender el camino de las matemáticas tortuosas, y de las físicas endiabladas. Nunca sería astrónomo. El sueño que a otros les inspiró la vida, a mí se me disipó en un confuso despertar, en una mala mañana de resaca, y de cobardía.




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