Plácido

Tengo por costumbre, desde hace muchos años, poner Plácido en el reproductor antes de que lleguen estas fechas tan entrañables. Plácido, además de ser una obra maestra, es un antídoto contra el veneno de la Navidad. Por mucho que abjuremos de ella los ateos y los resentidos, nunca está de más inmunizarse contra su insidioso influjo. Porque ahora llegan las vacaciones, y el tiempo libre, y uno, casi sin quererlo, se siente feliz, despojado de los deberes que lo abruman. Y aunque es difícil confundir la alegría del asueto con el júbilo del Jesús recién nacido –que ya ves tú, otra vez-, siempre hay un momento de debilidad, una convalecencia de la infancia, y uno, avergonzado de sí mismo, ha de refrenar el impulso de lanzarse a las calles como un tonto feliz. Una cosa es responder con educación a quien te felicita, y otra, muy distinta, ir repartiendo buenos deseos por ahí, al tuntún del humor, como un hipócrita más de esta fraternidad universal que todos los años se refunda el 24 de diciembre y se disuelve la noche del 6 de enero, como si tal cosa hubiese sucedido. Los buenos deseos –los de verdad- son un producto tan raro como las trufas, o como las angulas, y hay que administrarlos con mucho cuidado. Todo lo demás es pirita y oropel. Photoshop del alma.



      En Plácido, Azcona y Berlanga, que eran dos cínicos de cuidado, dos resabiados de la falsa moral, retrataron como nadie esta hipocresía que siempre llega a finales de año como la gripe: el paripé de la caridad cristiana. La Navidad, tal como la conocemos, la  inventaron los burgueses con remordimientos. Los temerosos de Dios que no estaban muy seguros de alcanzar el cielo si no predicaban el amor al menos durante unos días, para compartirlo con los miserables. La maldita metáfora del camello y el ojo de la aguja… Los mismos ladrones que durante el año roban sin límite, luego, cuando llega el aniversario del niño Dios, pretenden limpiarse los pecados donando dineros o sentando a un pobre en la mesa, como hacen estas brujas aburridas de la película. La caridad, como ya dijo el viejo Friedrich, es una cataplasma moral, una farsa de la bondad. Queremos justicia, y redistribución, no cálculos interesados de la salvación eterna. Azcona y Berlanga -esos dos genios irrepetibles- le colaron un golazo a los censores de la época, que sólo estaban pendientes de los besos en la boca y de los largos en las faldas. Nadie se explica todavía cómo pudieron permitir que Plácido se cerrara con este villancico desolador:

“Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frío,
ande dile que entre y así se calentará,
porque en esta tierra ya no hay caridad,
ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”.




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