Lo que hacemos en las sombras

Vladislav, Viago y Deacon son tres vampiros centenarios que comparten caserón en las afueras de Wellington, allá en Nueva Zelanda. Más abajo, en el sótano oscuro, vegeta otro compañero llamado Petyr, un nosferatu casi milenario que vive retirado del mundo, y al que nuestros protagonistas alimentan y cuidan como a un ancianito desvalido. Famosos en el mundillo de la noche, un equipo de reporteros del noticiario local -con la seguridad personal garantizada, por supuesto- se presentará en su hogar para rodar un documental sobre sus vidas fascinantes y atribuladas. Este es el punto de partida de Lo que hacemos en las sombras, la sanguinolenta comedia que venía muy recomendada en los foros. Y pardiez que me reído como no me había reído en semanas, dadas las circunstancias. Gracias mil, a estos benditos tarados de la Tierra Media.




      Muy lejos de la tontería crepuscular -en las antípodas, haciendo el chiste fácil-, Lo que hacemos en las sombras es un mockumentary descacharrado y bestial sobre las andanzas de estos asesinos. Durante el día, por razones obvias, viven refugiados en sus respectivos ataúdes, pero al caer la noche se despiertan con muchas ganas de vivir. Como cualquier hijo de vecino que lleve doce horas durmiendo, nuestro simpático trío se levanta con un hambre canina. Y ahí empiezan sus contratiempos de seres inmortales. Su primer problema es que la sangre humana no es un producto disponible en los supermercados. Ni siquiera en Nueva Zelanda. El segundo problema es que ellos, tres vagos desidiosos de piso de estudiantes, tampoco guardan las sobras del día anterior en el frigorífico. Así que todas las noches, en un ritual cansino y agotador, han de salir a la calle a buscarse el sustento. Como son de morro fino, nuestros protagonistas, que en el mundo de los vivos eran aristócratas prominentes, buscan víctimas selectas en los pubs de moda y en las discotecas de relumbrón. Una odisea para ellos, que no pueden entrar en ningún local sin ser invitados, tan despiadados como corteses. Nuestros vampiros -nos ha jodido- buscan carne joven y fresca, a poder ser virgen, lo que en el mundo actual es cada vez más difícil, con tanta depravación y tanto pecado que corre por ahí... Y hasta aquí puedo leer. Son veinte euros, por la publicidad positiva.




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