La venganza de los Sith: el triángulo amoroso

Anakin y yo, aunque vivamos en galaxias distantes, y en tiempos muy alejados, amamos a la misma mujer. Él la llama Padmé y la conoció en los desiertos de Tattoine; yo, en cambio, la llamo Natalie y la conocí en los cines de León, que es un planeta muy frío del sistema mesetario. Anakin, el muy jodido, que de vez en cuando pasea su holograma espiritual por mi habitación, se jacta de haberla amado antes que yo. Pero lo suyo es una interpretación torticera del “hace mucho tiempo y tal…”, que es una licencia literaria de George Lucas. Ya sabemos como es Anakin: un tío majo al que le pierde la chulería. Tratándose de mujeres hermosas, siempre tiene que ser el primero en todo, en conocerlas y conquistarlas, en amarlas y abandonarlas. Un macho alfa en toda regla. No le basta con habérmela robado en cuerpo y alma, él, que la disfrutó como un enano y luego le pegó un empujón en el planeta Mustafar, el muy desconsiderado. Anakin, en su prepotencia, tiene que robarme hasta las fechas. Y está muy equivocado, el Sith pecador de la pradera.



         Con el calendario gregoriano que rige en el Sistema Solar, yo conocí a Natalie Portman en 1996, aquella bendita tarde que ella salió a jugar con la nieve y se encontró a Timothy Hutton herido de amor, para dejarlo más alelado todavía. Natalie tenía por entonces quince años, y era fruto prohibido del deseo. Pero nos dejó una huella, un halo, una fragancia que no se disipó en los tres años siguientes, hasta que la reencontramos precisamente en la saga de Star Wars ya con todos los papeles en regla, y la hermosura fructificada en un sueño. Fue entonces, y no antes, cuando Anakin, siendo un niño, se quedó mudo de la impresión al ver que un ángel descendía sobre el desierto abrasador, como en los relatos de la Biblia. Yo conocí a Natalie Portman tres años antes que él, se ponga como se ponga. Mi amor estaba antes que el suyo, aunque luego no se hiciera carne y se me disipara en platonismos y cartas de amor. Al césar lo que es del césar. Aunque mi imperio se reduzca a esta solitaria habitación.




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