Inconscientes

Si hacemos caso de lo que cuenta la película Inconscientes, Sigmund Freud, cuando visitó España allá por el reinado de Alfonso XIII, puso nuestra sexualidad celtibérica patas arriba. Proletarios y campesinos siguieron procreando como si tal cosa, a la buena de Dios, dejando que el azar seleccionara las eyaculaciones fructíferas. Y a otra cosa, mariposa: a las patatas, o a las herramientas, sin darle más vueltas al asunto. En las clases ilustradas, sin embargo, las enseñanzas de Freud crearon un revuelo mayúsculo. Los muy católicos pensadores pusieron el grito en el cielo, y recomendaron al señor cura que advirtiera del fuego eterno en la próxima homilía. Pero otros, los más agnósticos, los más abiertos a las influencias europeas, se tomaron muy en serio los significados ocultos de la sexualidad. Sólo un católico cerril –si es que tal cosa no es un pleonasmo- podía negar que detrás de los genitales había un mundo de simbolismos, de significados, que don Sigmund fue el primero en descubrir y categorizar.



      En ese clima de sexualidad desbordada, el psiquiatra al que da vida Àlex Brendemühl en Inconscientes se vuelve loco con las lecturas del psicoanálisis, recién traducido y publicado. Él, que vivía tan feliz con sus polvetes de burgués, con su personalidad sin ellos ni superyós, se descubre de pronto un hombre complejo y atormentado. Como dice el Eclesiastés, “en la mucha sabiduría hay mucha molestia”. Leyendo libros sobre neuróticos, el psiquiatra se convirtió en uno de ellos. Como Alonso Quijano se transformó en don Quijote, leyendo libros de caballerías. Como quien esto escribe, mismamente, que también leyó a don Sigmund Freud en la juventud y comenzó un auto-psicoanálisis que todavía dura, sin grandes resultados, convirtiéndose en un paciente de sí mismo. Un Woody Allen de la vida de provincias. Mil libros más tarde, he descubierto muchas piezas de mi puzzle, pero están mezcladas, y no casan bien, y el retrato que va saliendo es más bien tristón y lamentable. Hubiera sido mejor no empezar, no saber, vivir en la ignorancia de los defectos y las limitaciones. De las turbulencias del espíritu. Vivir como un idiota feliz. 




2 comentarios:

  1. En mi opinión el psicoanálisis es una gilipollpez, decía mi abuelo que las cosas había que llamarlas por su nombre, que un cleptómano es un ladron y un ludopata un jugador, pues eso el psicoanálisis intenta poner nombre a lo que te pasa o dar una explicación rimbombante y sin sentido, esto me recuerda al auge que hay ahora por los libros de erotismo, así dicho queda más fino, y resulta por ejemplo que él Grey como es rico y guapo oye pues tosco lo que hace esta fenomenal en mi barrio habrían dicho que us un puto degenerado, así que todo son modas pero sobre todo depende del dinero que tengas en la cartera, un pobre será un borracho y la rica será una extravagante que da sorbitos. Al pobre lo llevaran a alcoholicos anónimos que lo traten y al rico lo tratarán desde un diván, así que mierda para todos los análisis psicoanálisis y demás isis..., las cosas solo tienen un camino, y dentro de este cada uno que lo vaya andando como buenamente pueda.

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