El mundo sigue

El destino es un hijo de puta muy cruel. Un bromista muy pesado, en el mejor de los casos. Pero esta vez no ha sido culpa suya. He sido yo quien no debería haber elegido una película titulada El mundo sigue. Porque lo último que deseo es que el mundo siga, tal como lo conozco. El exterior, ahora que andamos de politiqueo, y el interior, ahora que todo son ruinas y el arquitecto no aparece por ningún sitio.



    Pero me ardía, la curiosidad. Uno había leído tantas alabanzas sobre la película perdida de Fernando Fernán Gómez, que mi cinefilia ya se comía las uñas de los nervios. Qué pasa, pesado, que nunca la pones, gritaba cada vez más impaciente. Y luego estaba el título, claro, tan sugestivo: El mundo sigue. Porque el mundo de los pobres, como demuestra la película, sigue calcadito. Ahora que los sociópatas encorbatados cacarean la recuperación económica, no estaba de más regresar a los tiempos del "milagro español", que fue otra estafa revestida de oropel. Entonces fue el seiscientos, como ahora es la tecnología, el engañabobos de los desheredados. Por debajo del consumismo idiota sigue el estado lamentable de los servicios públicos, cincuenta años después. España es una estafa, una parodia, un teatrillo que han montado cuatro liantes para distraernos, mientras sus compinches nos roban la cartera. No olvidemos que ahora gobiernan los nietos de quienes nos mangoneaban entonces, con el crucifijo en una mano y la metralleta en la otra. La misma sangre avarienta y desdeñosa.



     Más allá de esta soflama de tiempos electorales, la película ha sido una pequeña decepción. Tanta expectación ha terminado en una tortícolis de mis músculos oculares, que andaban entre la pantalla, el teléfono móvil y el reloj que nunca avanzaba. El mundo sigue es la adaptación de una obra teatral que nadie se tomó la molestia de pulir. De nuevo esa manía de confundir el cine con las tablas, tan propia de creadores como Fernán Gómez, que se ganaban la vida en ambos negocios. El cine, o es verosímil, o no es nada. En el teatro, por su propia naturaleza, uno asume que los personajes puedan hablar con verbo florido y frases rimbombantes. Así fue durante siglos y no hay nada que objetar. Pero en el cine, por un mecanismo mental, por una convención que viene desde el principio del invento, los diálogos tienen que ser llanos y accesibles. Creíbles, o te sales de la película. Estos desgraciados de El mundo sigue no pueden recitar a Shakespeare en cada tribulación, a Calderón de la Barca en cada desengaño, porque entonces ya no son personajes con los que uno pueda empatizar, sino actores que declaman fuera de un escenario, en el salón de su propia casa, o en el bar con los amigotes. Muy ridículo todo. Y ya pueden lloverme las piedras...


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