E. T.

Ahora que todo el mundo está pendiente de la galaxia muy lejana, donde el reverso oscuro de la Fuerza vuelve a hacer de las suyas,  he aprovechado el fin de semana para visitar a E.T. en su galaxia menos frecuentada, que además está mucho más cerca. Hasta que no pasen las primeras semanas de locura con Star Wars, voy a quedarme en el sofá de casa tan ricamente, viendo las viejas películas, sin que nadie mastique a mi lado las patatas fritas ni susurre sandeces a sus convecinos. Lo que los católicos no toleran en su misa sagrada, no lo voy a soportar yo en mi galáctica eucaristía.



       Hace treinta y tres años que E.T. fue recogido por sus compinches en el claro del bosque, dejando al pobre Elliott con los lagrimones, y al bueno de Peter Coyote más pendiente de su madre que de los extraterrestres, que yo le entiendo, porque mira que era guapa, Dee Wallace, la actriz en la que nadie se fijó mientras E.T. decía “mi casa” y el chaval volaba con su bicicleta. Yo sí que me he fijado –faltaría más- pero no estoy aquí para contarles otro amorío con las rubias anglosajonas. Hoy venía a contarles que E.T. ya es todo un mozo, y que finalizó con nota sus estudios de botánica. Ahora trabaja en el ayuntamiento de su pueblo, repoblando los secarrales y cuidando las macetas de la casa consistorial.  Majete y con un buen sueldo, se casó con una chica de cuello largo y corazón luminoso que le hace locuras en la cama, aunque la verdad sea dicha, en la película no pudimos adivinarle la existencia de unos genitales. Porque allí, en el planeta Chimbambas, el sexo sólo es para retozar, y los alienígenas se reproducen telepáticamente, en comunión espiritual de las voluntades. E.T. me contó, sotto voce, que allí, los seres humanos, que todavía necesitamos la cópula y el jadeo para juntar los gametos, somos considerados unos simios lamentables y risibles, apenas evolucionados.




           Hoy quiero confesar, como cantaba Isabel Pantoja, la Dedoslargos, que mientras Elliott lloraba a moco tendido el adiós de su amigo, yo, en mi sofá, por cuarta o quinta vez en lo que llevamos de vida, también dejaba escurrir unos gruesos lagrimones por el ojo izquierdo, que el derecho lo tengo cerrado por reformas. Me puede, la ñoñería de Steven Spielberg, qué le vamos a hacer. Al principio lo consultaba con los médicos, avergonzado como si tuviera una incontinencia de orina o un objeto pepiniforme introducido en el ano. Pero ahora, visto que no hay solución, me he quedado con mi defecto, y lo he adoptado como a un hijo algo tonto que de vez en cuando se escapa y hace bobadas de las suyas. 




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