Larry David

La serie Larry David, reducida a su esencia argumental, es una cruzada contra la estupidez. En cada episodio, el bueno de Larry se enfrenta con algún chiquilicuatre que lo saca de quicio, y que me saca de quicio, de paso, en la tranquilidad de mi salón. Uno a veces se ríe por no llorar, por no levantarse indignado y pegarle voces al televisor, como un chalado solitario. Y eso que uno, ciertamente, es un chalado solitario.




          Conozco gente que no soporta esta comedia, mi preferida de todos los tiempos, junto a Seinfeld. Les pueden los nervios, y la desazón. Yo encuentro en la carcajada una válvula de escape, que es el objetivo final de los conflictos, pero mis conocidos, con ese orificio cerrado, revientan por dentro y abandonan el esfuerzo a los pocos episodios. Hay que ser muy cínico, muy misántropo, tener la piel muy dura de tanto tratar con estúpidos, para resistir una serie que los retrata con todo lujo de detalles. Mis conocidos son gente básicamente buena, gentil, que siempre mira el lado positivo de la gente. To er mundo e güeno, es la divisa que preside sus vidas. Uno, en cambio, que nació con la tara de la desconfianza, que vive prevenido contra el lado oscuro de la Fuerza, viene a ser un Larry David de provincias, pobretón y desaliñado. Al igual que él en su vida de millonario angelino, uno se bate en duelo cada mañana, y cada tarde, en este rincón perdido de Invernalia, contra un ejército de imbéciles que ocupa las aceras y los lugares de reunión. Opiniones absurdas, orgullos infantiles, ignorancias contumaces... Y siempre, siempre, la sonrisa de superioridad de quien no es superior en nada. Con un poco de talento artístico y unos cuantos millones de presupuesto, aquí saldría una versión cojonuda de Larry David. Un Álvaro Rodríguez que sería mucho de reír. Patético y descacharrante al mismo tiempo. 




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