Encuentros en la tercera fase




El plexo solar duele, se desgarra. Quema. Alguien se ha dejado ahí dentro un cuchillo al rojo vivo. O un frasco abierto de ácido. O un pequeño monstruo que lanza dentelladas insaciables. Sea como sea, me ha salido una herida, un sumidero, un retrete interior. El agujero negro de mi galaxia tan poco brillante. Dentro de nada voy a cumplir los mismos años que Nanni Moretti en Abril, cuando contempló su edad sobre una cinta métrica y se quedó con cara de tonto. Qué mal aprovechados, los centímetros vividos. Y qué escasos, y qué oscuros, los pocos centímetros por vivir.



             Cuando el plexo solar se pone en este plan sólo queda esperar. El único que sabe tratarlo es el tiempo, que tiene la paciencia infinita de los relojes. Aunque yo no lo note, sé que cada día va a dolerme un poco menos, una milésima menos, hasta que un día, de pronto, todo vuelva a la calma tristona de los sofás. Volveré a ser infeliz como siempre he sido, con la resignación sonriente de los cinéfilos, que sobrevivimos gracias a la película nocturna, irrenunciable y salvífica. Ahora, sin embargo, mientras dure esta tormenta en el pecho, las películas no servirán de alivio. Serán una pantalla vacía donde yo proyectaré mis propias producciones, trágicas historias de desamor, y absurdas comedias de enredo.

          Es una pena que los extraterrestres siempre aterricen en Estados Unidos, o en los platós de Tele 5, porque uno se iría gustosamente con ellos, como Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase. En la Tierra ya cumplí con la obligación de tener un hijo, escribir un libro y plantar varios pinos. Queda muy poco por hacer. Las alegrías del amor correspondido, del trabajo fructífero, del Real Madrid ganando títulos, tienen pinta de no llegar jamás. Yo, desde luego, no apostaría un duro por ello. Y luego está el cambio climático, claro, que va a convertirlo todo en un estercolero, o en un infierno. Por qué no marcharse, pues, con los enanos cabezones, a vivir los últimos años en un planeta diferente, a muchos años-luz de esta decepción interminable. Tal vez allí me espere la plenitud insospechada. Un oficio en el que encajar como un guante. Un planeta libre de estúpidos. Una dulce extraterrestre que me mire con buenos ojos, y que no se parezca mucho a ET, a ser posible. 




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