Vania en la calle 42

Mi yo de hace diez años era un impostor de la cinefilia. Un tipo que soñaba con escribir en alguna gaceta local para luego dar el salto a publicaciones de postín, y viajar con los gastos pagados a los festivales, a conocer mujeres hermosas en las alfombras rojas. Y tarde o temprano, en algún marco incomparable de la geografía europea, cruzar mi mirada con la de Natalie Portman para que ella comprendiera, tras tanto devaneo con los hombres superficiales, que yo era el príncipe azul que la esperaba durante años.



    Mientras tanto, mi yo verdadero vivía prisionero en los calabozos de mi cerebro. Él era un disidente cinéfilo que osaba aburrirse con muchas obras maestras del canon oficial. Un terrorista artístico que confesaba no entender los simbolismos de Godard, ni las melopeas de Buñuel, ni los cristianismos de Dreyer. Un terrible secreto que yo disimulaba imitando la escritura empalagada de los críticos profesionales. Releo, por ejemplo, la crítica que entonces le dediqué a Vania en la calle 42, y me entra una vergüenza de mí mismo que me pone la cara colorada. En ese bodrio de escritura no hay más que paparruchas, como diría el abuelo Simpson. Ahora que mi yo verdadero vuelve a gobernar el castillo, puedo decir que Vania en la calle 42 es una película insufrible. Libre ya del aplauso obligatorio, no he sido capaz de aguantar esta cháchara existencialista sobre el amor y la muerte. Teatro filmado que aburre a las ovejas rusas del siglo XIX, y a los borregos españoles del siglo XXI. Y que salgan corriendo, los amantes de Chejov, porque no los quiero en este blog, que es un club exclusivo para gentes de gusto simplón e inteligencia moderada. Yo escribo para el plebeyo que se lo pasa pipa con un buen par de tetas y un buen par de hostias, siempre que el desnudo venga en las exigencias del guión, y las hostias tengan su sentido y su justicia poética.



         En Vania en la calle 42 no hay nada de esto. Sólo la belleza perturbadora de Julianne Moore, que incendia la pantalla con ese cabello fueguino y esos labios de cereza, y esta sentencia muy enjundiosa del doctor Astrov, el único personaje que dice cosas con sentido porque jamás suelta la botella de vodka.

           "Para que una mujer y un hombre sean amigos tienen que pasar tres etapas: primero conocidos, después amantes, y luego ya son amigos". 







No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com