Sleepy Hollow

En Sleepy Hollow, un asesino sin cabeza regresa de la tumba para sembrar el terror entre los habitantes del pueblo. Viandante que encuentra, viandante que descabeza de un certero espadazo. O eso parece al principio de la película, porque luego, gracias a las pesquisas del inspector Ichabod, sabremos que los crímenes siguen un patrón muy conveniente. El jinete sin cabeza -al que los sleepyhollowenses llaman Jinete sin Cabeza en un alarde de ingenio- sólo mata por encargo, como un mercenario de ultratumba. A él le da igual cargarse a fulano que a mengano, y es un instigador invisible -que lo controla con sortilegios de calaveras- quien se venga de los vecinos malqueridos por un quítame allá esas pajas, o esas lindes, o esas herencias. El ruralismo, en definitiva, que es el mismo en cualquier tiempo y en cualquier lugar.



       Uno ha visto Sleepy Hollow después de que terminara El Intermedio, y asociando ambos espectáculos ha soñado la fantasía de poder manejar un espectro así, indiferente a las balas y a los cuchillos. Un fantasma acojonante - y acojonativo- que se materializase en casa de los saqueadores de este país para darles un susto morrocotudo, y arrancarles, postrados de rodillas, mientras se cagan de miedo en los pantalones y se mean de vergüenza en las braguetas, una confesión firmada de sus tropelías. Un escrache de verdad, como Dios manda, y no estas cursiladas de la pancarta y el megáfono, que sólo asustan a las viejas, y convocan a los maderos. Un acoso silente que atravesara las verjas y los ladrillos sin activar las alarmas de Securitas Direct. No se iban a escuchar ni los gritos, del puro miedo que iban a sentir estos chorizos ante la imagen de mi guerrero. Y que conste, por si me está leyendo algún aplicador de la Ley Mordaza, que no deseo que les sea cercenada la cabeza. Uno, que ya es cuarentón sosegado y democrático, abandonó hace años esos anhelos rabiosos de guillotina. Ahora me bastaría con el escarnio público, y con la cárcel bien sellada. Pero no una cárcel de las de ahora, con su pádel y su biblioteca, su piscina climatizada y su vis a vis cada quince días. Yo quisiera, a poder de ser, una mazmorra de la misma época que retrata Sleepy Hollow. La del conde de Montecristo estaría muy bien, por ejemplo.




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