El americano impasible

Uno nunca estudió la guerra del Vietnam en el colegio. Como los americanos eran el bando perdedor, los curas, que editaban sus propios libros de texto, y también luchaban a su modo contra el comunismo, pasaban por alto esa vergüenza de los garantes de Occidente. Todo lo que uno aprendió sobre el conflicto salió de las películas americanas, que, curiosamente, siempre terminaban en una matanza de charlies a manos de un yanqui armado de ametralladora, lo mismo Rambo que Chuck Norris, el coronel Kilgore que John Wayne tocado con boina verde. La enciclopedia Carroggio que teníamos en casa aseguraba -probablemente financiada por el oro de Moscú- que los americanos habían perdido la guerra, y que un gobierno comunista dictaba las leyes en Hanoi. Alguien mentía en aquella contradicción entre las películas y los historiadores. Sólo tras ver Platoon, la película de Oliver Stone, uno supo que la enciclopedia era la fuente acertada, y que los yanquis que mataban veinte vietcongs con un sólo escupitajo eran reclamos de taquilla para nuestra testosterona alborotada.




             Una película como El americano impasible nos hubiera venido de perlas en aquella época del desconocimiento. Aquí se explica, por ejemplo, lo que Francis Ford Coppola cercenó en su montaje de Apocalypse Now: que la guerra de los americanos sólo fue la continuación de la guerra de los franceses, y que la hostia colonial de los unos iba a ser la hostia imperialista de los otros.  Lo paradójico del caso es que nosotros, de chavales, nunca hubiéramos visto una película como ésta, que sólo tiene una escena de explosiones y ningún ejército en combate. El americano impasible, en sustancia, es un triángulo amoroso, una pelea de machos que se disputan los favores de una vietnamita guapísima que hace de todo en la cama. Una lucha que en principio nace desequilibrada, porque en una esquina del cuadrilátero, viejuno y con poco peso, está Michael Caine, y en la otra, joven y tan grande como un armario, calienta sus guantes Brendan Fraser. Pero Caine es un perro viejo, y un actor inconmensurable, y aunque sus opciones de coito se pagan 30 a 1 en las apuestas, el muy puñetero saca su repertorio para que el combate se vuelva igualado y muy entretenido...


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