Ópera prima



Son tantas, las películas, y tan extenso, el mundo sin ellas, que a veces se producen solapamientos: realidades que continúan en la ficción, o ficciones que se prorrogan en lo personal, de tal modo que uno a veces ya no sabe si vive en este lado o en el otro. Hoy me despido de El Gran Wyoming en El Intermedio para ver la película del día, y a mitad de metraje, como si la programación generalista volviera a tomar el televisor, me lo encuentro haciendo de macarra que le suelta un par de hostias a Óscar Ladoire. En un viaje temporal de 35 años, el tío Wyo vuelve a ser el actor secundario, a veces terciario, de las comedias madrileñas de la época, de cuando aún no gobernaba el PP y este clown imprescindible se ganaba la vida en otros menesteres.



             La película, como los buenos cinéfilos ya habrán adivinado, es Ópera prima, la ópera prima -precisamente- de Fernando Trueba, un éxito inesperado que le abrió las puertas de la profesión. Tras ella, Trueba hizo comedias sofisticadas, ganó un Oscar de Hollywood, dirigió coproducciones internacionales, se adentró en géneros inexplorados del musical o del cine animado, pero nunca, nunca, volvió a realizar una película tan redonda como ésta. Ópera Prima es fresca y deslenguada, libérrima y divertidísima. Seguramente tiene déficits técnicos que los legos no detectamos, y lagunas de guión que Oscar Ladoire solventa en el papel de su vida, con esa verborrea a medio camino de la gilipollez y la filosofía que nos arranca las sonrisas y a veces nos da que pensar. Ópera Prima, lejos de cualquier barroquismo posmoderno, de cualquier perifollo autoral, es tan simple como la vida misma, como el sexo mismo: chico busca chica para follar, y lo que surja.


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