Monsieur Hire

Desde la ventana de mi habitación veo el patio de la casa vecina, con sus plantas y sus bancos de madera. Más allá, la planicie agrícola de las lechugas y las patatas; al fondo, altas pero redondeadas, las montañas que separan Invernalia de Galicia. El paisaje es bonito: en verano invita a levantarse de la cama y echar a caminar; en invierno, con la lluvia, induce a pensar cosas melancólicas detrás de los cristales. Que apenas se vea gente también contribuye a la belleza del panorama. Los paisajes, con humanos dentro, siempre tienen algo de inquietante y amenazador.




            El señor Hire, en Monsieur Hire, cuando se asoma por la ventana a contemplar el mundo no ve paisajes bucólicos del agro productivo. Él vive en París, encerrado entre edificios, pero lejos de maldecir su mala suerte de urbanita, goza de la visión perpetua de una vecinita que se desviste en el edificio de enfrente sin percatarse de que sus ojos lascivos se vuelven turulatos. Monsieur Hire es un calvorota de mediana edad que se parece mucho a Pepe Viyuela, y está lejos, muy lejos, en el mercado del amor, de llegar a tratos provechosos con tan bella damisela. Le queda, como consuelo, el amor platónico, que es una puta mierda ensalzada por los juglares, o el sueño de una quiniela, que lo convierta en multimillonario y lo monte en un Ferrari que lo haga visible y deseable, como en el cuento de Ceniciento.





         Patrice Leconte, en su afán por epatar al espectador, tira por una tercera vía que bordea peligrosamente el ridículo. Nuestra chica, cuando descubre el pastel humeante del señor Hire, en lugar de gritar y llamar a los gendarmes de Louis de Funes, se deja admirar mientras el novio le hace el amor sobre la cama. Como invitándole a participar, como soñando un ménage à trois que en París se ve que es costumbre y hasta regalo de bienvenida a los vecinos. Como las tartas de manzana de los americanos, o los ruidos a las tres de la mañana de los españoles. Así da comienzo, propiamente, Monsieur Hire, con la credibilidad del espectador ya dislocada sin remedio. El marido de la peluquera también era una historia de amor disparatada, pero allí, no sé cómo, el romance se volvía candente y emotivo. Aquí, en Monsieur Hire, uno pasea la mirada por este amor como quien contempla la fanfarronada sexual de nuestro amigo madurito y calvorota. Con interés, pero sin creernos nada de lo que cuenta.




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