Mi pie izquierdo

En 1990, los cinéfilos de provincias todavía no conocíamos a Daniel Day-Lewis. O si le conocíamos, no lo recordábamos. En Mi hermosa lavandería sólo le habían visto los culturetas de Madrid, y en Una habitación con vistas su presencia testimonial no había dejado poso ni recuerdo. Es por eso que cuando lo descubrimos hecho un ovillo en Mi pie izquierdo, muchos pensamos que aquel hombre era realmente un tullido, tal vez el mismísimo Christy Brown de la vida real, que se interpretaba a sí mismo en el papel de pintor genial, y de hombre titánico.



         Los cinéfilos de verdad, esos que a veces viajaban a la V.O. de la capital, o chapaban las revistas de cine como si fueran libros de texto, se rieron a mandíbula batiente de nosotros, los pobres incultos que confundíamos a Daniel con su personaje, y a la velocidad con el tocino. Y lo teníamos bien merecido, la verdad, primero por nuestra tontuna, y segundo porque justo un año antes, en el estreno de Rain Man, fuimos nosotros, los aficionados de tercera división, quienes nos descojonamos de los paletos que no conocían a Dustin Hoffman y lo tomaron por un autista real en Rain Man (aunque hay quien asegura que Dustin Hoffman era realmente un autista, y que sólo en la película le conocimos con propiedad, siendo el resto de su vida, y de sus películas, la actuación verdadera).



              Cuando comprendimos que aquel irlandés de Mi pie izquierdo no era un paralítico de verdad, sino un actor de tomo y lomo, Daniel Day-Lewis pasó a formar parte de nuestro laico santoral, en el caso de los hombres, y de los sueños lúbricos, en el caso de las mujeres, que cuando lo conocieron vestido de smoking en la gala de los Oscar, y lo vieron tan guapo con aquel cabello indomable, lo convirtieron en el hombre ideal de sus fantasías. Casi nadie se acuerda, sin embargo, de que Daniel tarda media hora en hacer su apariicón en Mi pie izquierdo, y que la adolescencia de su personaje la interpreta un chavaluco que se retuerce y balbucea y coge la tiza con el mismo mérito artístico. Un actor irlandés de nombre Hugh O'Conor al que aquí hago un pequeño homenaje, para que nadie lo olvide en la Tumba de los Actores Desconocidos. 


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