Agítese antes de usarla

Agítese antes de usarla, al contrario que las ya míticas Los Bingueros o Yo hice a Roque III, carece de cualquier pretensión argumental. Y eso que estas últimas no eran precisamente un trabajo de Joseph L. Mankiewicz. Apenas un hilo muy fino sirve para ensartar las paridas sexuales de Pajares y Esteso y su cuadrilla de habituales. Que son paridas, sí, pero que consiguen arrancarme la sonrisa más de treinta años después, tal vez porque ellos son unos cómicos infravalorados, o yo un cinéfilo de cuarta categoría.





        A falta de ideas, Mariano Ozores, que es director y guionista de la función, rellena los huecos con tetas. De pacientes, de enfermeras, de novias tomando el sol en la playa. El catálogo de mujeres despelotadas es seguramente innecesario y zafio, pero Max, mi antropoide interior, al que hace mucho que no sacaba en este diario, se lo ha pasado bomba –por no decir teta otra vez- con el espectáculo continuo de las pechugas. Aunque Max es un simio de la familia de los cerdícolas, no le gustan mucho los pechos de sus congéneres, peludos y mustios, y prefiere, quizá para alardear de homínido evolucionado, los pechos tersos y semiesféricos de nuestras mujeres cromagnonas. Quien los tenga, claro.




       En el año 1983, año de producción de la película, la privatización de la sanidad no era un tema candente del debate político. Hasta los más nostálgicos franquistas, por aquello de que la Seguridad Social la construyó Franco con sus propias manos y bla, bla, bla, defendían la existencia de una sanidad gratuita y universal, aunque ellos se operaran las vesículas y los apéndices en los hospitales privados que no pisaban los piojosos ni los comunistas. La Operadora, que es la clínica ficticia de la película, es un desmadre organizativo llevado hasta la caricatura, cosa que no puede extrañar si el cirujano jefe es un tipo como Antonio Ozores que pasea por los pasillos con bisturíes en los bolsillos. Pero tiene, ay, un poso de terrorífica realidad. A nuestros gobernantes del ultracentro liberal, que gustan tanto del Cine de Barrio y de la España casposa, les debe de encantar esta película. Los pacientes se mueren, sí, pero el negocio de la clínica va viento en popa. Y de eso trata la vida, según ellos: no de sobrevivir, sino de ganar la pasta gansa con el sudor de la frente propia, y la sangre de los cuerpos ajenos.


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