Viaje a Sils Maria

En Sils-Maria, en los Alpes Suizos, curaba el filósofo Friedrich Nietzsche sus dolores de cabeza y sus ataques de melancolía. “A dos mil metros por encima del mar, y de los seres humanos”, se sentía el asesino de Dios, el heraldo del Superhombre, muy cerca de la otra montaña donde Heidi y Pedro correteaban por las laderas. Más de cien años después, en el mundo ficticio de las películas, llega a Sils-Maria una actriz de renombre que atraviesa la crisis de los cincuenta años, y de las cincuenta arrugas. Le han ofrecido un papel de señora mayor en una importante obra teatral, y ella, Maria Enders, a la que encarna la musa inspiradora de estos escritos, Juliette Binoche, duda en aceptar. Estaría bien, sí, por el prestigio, y por las pelas, y porque la obra está escrita por quien fuera su mentor en la juventud, ya fallecido. Pero su compañera de reparto –que en la obra es su ayudante, su secretaria, su amante en la cama- será una chica veinte o treinta años menor, y eso dejará a la Enders en evidencia para siempre. La “gran dama” del teatro, la “veterana” de las tablas, la mujer viejuna que en el cine, cuando lleguen las ofertas de Hollywood, ya sólo hará de madre bondadosa o de suegra brujeril.






           Incapaz de conducir un coche o de hacer una llamada telefónica, Maria se refugiará en las montañas con su ayudante personal, una chiquina eficiente y solícita a la que da vida –qué digo vida, luz- Kristen Stewart, esta actriz a la que amé mucho antes de que la abdujeran los vampiros, y que ahora vuelvo a reencontrar por las esquinas de mi cinefilia, señal de que las cosas le van muy bien,  y de que su belleza –turbadora para quien esto escribe, con la boca más sensual que figurara en los bocetos de Dios- no es incompatible con su talento. Valentine, el personaje de Kristen, además de las labores propias de su contrato, servirá de sparring a la Binoche en la lectura del texto, creándose así una situación muy parecida a la del propio escrito, un juego de espejos muy intelectual y muy simbólico que terminará siendo una película francesa a las finas hierbas, para cinéfilos muy exigentes y paladares muy trillados. Uno, desde su cinefilia provinciana, al ver que la enjundia dramática se le va escurriendo entre los dedos como la niebla de los valles, se dedicará a contemplar el paisaje de Sils-Maria, que es de una belleza sobrecogedora –como la que embargaba a Luis Bárcenas en la cercana estación de esquí- y también, claro está, a contemplar la belleza de estas dos actrices que tantos sonetos inacabados me siguen inspirando. Demasiado mayor para mí, la señora Juliette; demasiado joven, ay, la señorita Kristen. Mi deseo por ellas ya nace ficticio y juguetón, inofensivo y nada eréctil, y se dedica, como Maria Enders, a reflexionar sobre los estragos de la edad, a recordar con melancolía los vigores y rasgos de la juventud perdida, que la verdad sea dicha, en el caso de este escribano, tampoco merecen un gran rapto de nostalgia.




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