True Detective II

En mi nuevo televisor Full HD de 43 pulgadas, el rostro angelical de Rachel McAdams, otrora armonioso y delicado, se ha descubierto, para mi horror, lleno de lunares. No esas pecas graciosas y traviesas que a veces lucen las anglosajonas, sino excrecencias carnosas, verruguiles, que colonizan como cagaditas de oveja su cuello y sus mejillas. Hay un lunar, en concreto, en el párpado de su ojo derecho, que me ha traído a mal traer durante los ocho capítulos de True Detective. No sé si en las otras películas de Rachel McAdams el lunar ya estaba ahí, maquillado por las profesionales o disimulado por la pobre resolución de mi anterior aparato, pero en esta serie ha sido una mosca cojonera que se posaba en el televisor pero por dentro, inalcanzable a los manotazos o las golpes de zapatilla. Tal vez sea un lunar de atrezzo, colocado ahí con la artística pero poco honorable intención de afear a Rachel, para que nos la creamos mejor en su papel de mujer policía perseguida por su pasado. Un lunar que tendría el poder mágico de volverla humana, terrenal, como una señora más que pega sus cuatro tiros en el trabajo y luego baja a comprar yogures al supermercado.



       Esta mancilla nos la habría traído muy floja si True Detective II hubiera sido tan entretenida como su antecesora. Es verdad que en la primera entrega disfrutamos los pechos ingrávidos de Alexandra Daddario, y la nariz respingona de Michelle Monaghan, pero estas bellezas carnosas eran como guindas de un pastel ya sabrosísimo, como propinas sexuales que el guionista regalaba a los homínidos más simplones de los sofás. True Detective no necesitó de un gancho sexual para dejarnos los ojos como platos, y los oídos como aberturas de un gramófono. Pero ay: en este esqueje putativo uno se aburre con mucha frecuencia, mareado en diálogos de una trascendencia shakesperiana, confuso en una trama de raíces inaprensibles, desnortado en un enredo de detectives que antes eran dos y peculiares, y ahora son ciento y sacados del molde de los arquetipos. True Detective II ha sido una decepción policial que demandaba el solaz de una belleza femenina donde reposar la mirada, donde repostar la imaginación, donde hacernos los suecos con los diálogos imposibles y volvernos latinos con los requiebros del amor. Pero Rachel, con su cagada de mosca estampada en pleno párpado, no estaba para estos menesteres. Menos mal que de vez en cuando, aunque su personaje fuera bastante plomizo y previsible, estaba ahí Kelly Reilly para lucir su cabello pelirrojo, su rostro de pantera, su escote profundísimo de abismos inconfesables, decorado, esta vez sí, por miles de pecas que hacían las veces de asideros donde sujetarnos a la realidad, y no caer como dementes al abismo de la turgencia. 


2 comentarios:

  1. No no como para responder a la pregunta tu no has seguido la serie la has diseccionado, bueno mas bien a sus actrices. Aunque no se si tu nueva adquisición te ha merecido pena, porque ver los defectos de cualquiera que jodido es eh?

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